lunes, 5 de octubre de 2020

COLLADO, Bernardino

 

ATIENZA Y EL SIGLO XX. Aquí

 

 

 

COBEÑO MADRIGAL, Antonio

 


 BREVE HISTORIA DE ATIENZA. Pulsando Aquí

 ATIENZA PEÑA MUY FUERT; Atienza entera, a un clik (aquí)

 

EL CASTILLO DE ATIENZA. DE FORTALEZA A TORRE.


  
   El paso del tiempo ha legado a la historia de Atienza los restos de un castillo altanero. De una impresionante fortaleza de la que, al día de hoy, tan sólo tenemos a la vista lo que se supone fue “torre del homenaje”. Ese retrato literario que nos pinta la peñasca de Atienza como si fuese el espolón de un buque desarbolado bogando por los mares cerealistas de la Castilla milenaria. Cualquiera que se acerque a ese buque desarbolado no encontrará, al día de hoy, más que esa torre del homenaje; la reinterpretación de la entrada y sobre la base de la peña dos aljibes horadados en la roca con tracería morisca y más de mil años a sus espaldas, a punto de desaparecer por la acción del tiempo y falta de remiendo que los saque de la miseria.




   Fuera de la peña, sobre una terraza del terreno, lo que en tiempos fue el albacar de la fortaleza, o el patio de caballos, como en Atienza se llegó a conocer; capaz de albergar entre sus muros, a juzgar por las informaciones del siglo XIX, hasta quinientos hombres con todo su equipo.

   Y muy pocas referencias encontrará quien lo visite en torno a la “Torre de los Infantes”, o ninguna, a menos que lea el reciente libro que cuenta su historia, la del castillo y su tétrica torre. Porque los historiadores del siglo XX la han pasado por alto. 



   Fue, sin duda, el lugar más funesto, y más histórico, del recinto amurallado del castillo. Sus últimos restos desaparecieron mediada la década de 1960, cuando se reconstruyó la entrada. La torre se derrumbó parcialmente en el otoño de 1877. A pesar de aquel derrumbe, Manuel Pérez Villamil, quien la pateó dos años después, dejó escrito: “Dos años hace que vino al suelo un torreón cuadrado que debajo de la torre del SE., se levantaba y en el cual subsistían perfectamente caladas las simbólicas ladroneras de los ballesteros, formando una cruz rasgada sobre la mira circular. Este género de ladroneras caracteriza tan fielmente el tiempo de las cruzadas, que no sería aventurado suponer que los caballeros templarios u hospitalarios tuvieron grande intervención en la construcción de esta fortaleza. Fundo mi opinión en los restos de construcción que subsisten caracterizando el tipo arquitectónico de esa época, en que el estilo gótico lucha con el sajón y revela las innovaciones introducidas en la arquitectura militar por los primeros cruzados, que trajeron del Asia importantes descubrimientos. El corte de las arcadas; el tipo de los muros, la disposición de los adarves y troneras, todo está declarando su abolengo.

   Se levantaba esta torre a la izquierda de la entrada principal (conforme accedemos al recinto), formando conjunto con los cuadrones del arco de entrada, y adosada a las murallas que rodeaban la peña y que –aunque ligeramente exagerada en la interpretación-, podemos situar observando las imágenes.

Interpretación del castillo de Atienza en el siglo XVI, con la torre de los Infantes a la derecha



   La primera intervención histórica documentada debemos situarla con anterioridad a la reconquista de Atienza por Alfonso VI; ya que en ella tuvo lugar el famoso enfrentamiento a espada entre Almanzor y Galib, su suegro. Desde ella, nos cuentan los anales de la historia, se lanzó Almanzor para escapar a una muerte segura. Ocurría en torno al año 980, y regresaría poco después, vencedor en mil batallas, para destruir Atienza y con ella su fortaleza; que fue posteriormente reconstruida.

   Resulta altamente dudoso que cuando Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, atravesó estas tierras, si es que lo hizo, la de Atienza fuese la “peña muy fuort” del romancero; que fuerte peña sería, pero con castillo y murallas ruinosas, también es cierto. Debemos de entender que era poco menos que una miserable ruina, puesto que la reconstrucción total llegaría mucho tiempo después, con Alfonso VIII quien, con mucha probabilidad, al igual que sus descendientes de menor edad, dieron nombre a la “torre de los Infantes”.

   Entonces Atienza crecía por el lado opuesto al que hoy lo hace, o lo hizo. Miraba a Castilla, de donde podía venir el enemigo. Tras la reconquista comenzó a mirar al Sur y tenderse por  la ladera. La Atienza que hoy conocemos. La primitiva, la villa propiamente dicha desapareció  en 1446, tras la devastación a que fue sometida por las tropas castellanas en la guerra “de los Infantes de Aragón”. La destrucción la ordenó el Condestable Álvaro de Luna, a quien no ha mucho se le rindió homenaje en la villa que destruyó y a la que puso fuego.

A la izquierda quedan los restos de los muros de la torre de los Infantes. La entrada al recinto se reinterpretó hacía 1967

EL CASTILLO DE ATIENZA. DE FORTALEZA A TORRE. EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ

   Para entonces la Torre de los Infantes había sido residencia de Alfonso XI, en menor edad; de Enrique de Castilla, “El Senador”; de  María de Molina y, por supuesto, de cuantos reyes en Castilla fueron. Tras la guerra, y su reconstrucción, la torre sería la residencia de sus alcaides, de los Bravo de Laguna, principalmente. Lugar de nacimiento de Juan Bravo, de Luisa de Medrano, de Francisco de Segura… y de toda una pléyade de personajes que han dejado su nombre en la historia, de Castilla, de la literatura, o de la política.

   También fue uno de esos lugares que la historia cuenta y después esconde. Fue, tras la unión de reinos a través de los Reyes Católicos, una de las más tenebrosas “prisiones de Estado”.

Restos del cuadrón de la torre de los Infantes, hacía 1930.
   El primer inquilino de la torre, que se sepa, fue Diego López de Madrid, autoproclamado “Obispo de Sigüenza”, quien la ocupó junto a sus hermanos y criados entre 1467 y 1470. El último, que tengamos noticias, un caballero portugués, de nombre Don Arnaldo, quien en unión de un fraile de la misma nacionalidad fue llevado a la torre a purgar culpas en 1524, acusados ambos de “andar en tratos con Francia”. O sea, de ser espías.

   Entre medias algún obispo, o arzobispo, unos cuantos caballeros de alcurnia; el último mariscal de Navarra y, por supuesto, el duque de Calabria, don Fernando de Aragón a quien su tío, Fernando de Aragón también, mandó traer desde Nápoles con toda su corte en 1502. Sus acompañantes, nos cuenta la historia, fueron ejecutados apenas pusieron en Atienza sus pies. Años después, el duque de Calabria, convertido en virrey de Valencia, ocuparía otro castillo próximo, el de Jadraque, como consorte de doña Mencía de Mendoza. Once años pasó don Fernando entre los muros de la torre, hasta 1513 en que fue trasladado al castillo de Játiva.

   El relato de cómo era la torre nos lo dejó escrito uno de sus alcaides, Juan Ortiz Calderón a requerimiento del Cardenal Cisneros, cuando en Atienza, y en la torre, se encontraban prisioneros los principales capitanes navarros que trataron de restituir aquel trono en la cabeza de Juan de Albret en 1516. Eran estos el Mariscal don Pedro de Navarra; Juan Ramírez de Baquedano, señor de San Martín y Ecala; los capitanes Petri Sánchez y Juan de Olloquí y Yatsu, señor del palacio de su apellido; Pedro Enríquez de Lacarra; Antonio de Peralta, primogénito del marqués de Falces y de doña Ana de Velasco, defensora del castillo de Marcilla; Francés de Ezpeleta, señor de Catalaín hijo del Vizconde de Valderro; y Valentín de Yatsu. Media familia de San Francisco Javier.

Restos de uno de los aljibes, trazados con anterioridad a la Reconquista

   Aquí cabría la pregunta de ¿por qué Francisco Layna que recopiló parte de la historia de Atienza y su castillo, y los historiadores que lo siguieron, no nos hablaron nunca de esta torre? Y todos ignoramos la respuesta.

   Contaba la torre con tres plantas. La baja en la que se encontraban las celdas, en número de cuatro, con sotacámara, y ventanas con barrotes que daban a la villa, a las que se accedía a través de una escalera abierta a ras de suelo. Escalera que subía a la planta noble, con otras tantas estancias, y daba acceso al garitón, coronado por una campana que se hacía sonar en caso de peligro. Nadie, de no ser llamado a toque de aquella campana, podía acceder a menos que se arriesgase, bajo el imperio del terror impuesto por el alcaide Ortiz Calderón, a perder una mano en la ocasión primera; en la segunda una pierna y, en la tercera, la vida.

   La estancia en ella de los distintos prisioneros, es otra historia. 
(Del artículo de T. Gismera: "El Castillo de Atienza. La Torre de los Infantes. El origen". Periódico Nueva Alcarria; Guadalajara, junio, 2017)

El Castillo de Atienza. De Fortaleza a Torre, obtuvo el Premio de Castellología J. Andrés Moro 2015.

 

CLEMENTE, Manuel

 

UN SIGLO DE ATIENZA, Y TODOS SUS  NOMBRES. Aquí

BRAVO DE GUZMÁN, Luisa

 

MUSEOS DE ATIENZA. Atienza, la villa de los Museos. Aquí

 

BONTOUX, Eugene

 

HIENDELAENCINA, Y SU HISTORIA. Aquí

 

BELADÍEZ, Roque María

 


 MIEDES DE ATIENZA. La tierra que el Cid cabalgó (Aquí)

 

 

BELADÍEZ CANGA-ARGÜELLES, Andrés María

  

MIEDES DE ATIENZA. LA TIERRA QUE EL CID CABALGÓ (Aquí)

domingo, 4 de octubre de 2020

BARCÓN BENITO, Cecilio

 

ATIENZA Y SU HISTORIA DE SIGLO XX (Aquí)

 

 

BARCO DE JUAN, Gabriel

 


 ATIENZA Y SUS MUSEOS. EL DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Aquí)

 

BARAS LAFUENTE, Ruperto

 


 ATIENZA DE AYER A HOY, IMÁGENES DEL PASADO Y DEL PRESENTE (Aquí)

 

 

ATIENZA, Francisco de (Francisco de San José)

  

ATIENZA Y SUS MUSEOS. (aquí)

ATIENZA, Francisco de. Abad de San Zoilo

  

LA IGLESIA MUSEO DE LA SANTISIMA TRINIDAD (encuentra el libro aquí)

AMO LLORENTE, Policarpo

 

IMÓN Y SUS SALINAS (el libro, aquí)

ÁLVARO ORTEGA, Constantino

 

LA VIRGEN DE LOS DOLORES, PATRONA DE ATIENZA (El libro, aquí)

ÁLVAREZ DEL VALLE, Silverio

 

Historia de la Villa de Atienza (el libro, pulsando aquí)

ÁLVAREZ DEL VALLE, Vicente Antonio

 

Atienza. Breve historia de la Villa (Pulando aquí)

lunes, 21 de septiembre de 2020

JUANA QUILEZ MARTÍ. La pasión por el libro

 JUANA QUILEZ MARTÍ.
La pasión por el libro

 

   Que el nombre de Juana Quilez Martí estaba llamado a ser placa de callejero se demostró mucho antes de que realmente ocurriese; en el momento en el que doña Juana Quilez fue admitida, en el mes de agosto de 1929 a las oposiciones de Cátedras de Geografía e Historia apenas se licenció en Filosofía y Letras. Siguiendo en parte los estudios y trabajos de su padre, Silvio Quilez, funcionario del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Juana se licenció en la Universidad de Madrid, tras llevar a cabo los estudios primeros en Sevilla y Valladolid.

   Aprobó dichas oposiciones y obtuvo cargos en dichas cátedras, pasando a ocupar, cuando ya España dejó  de ser reino para convertirse en república, la dirección del Museo y Biblioteca provinciales de Tarragona, para lo que fue nombrada en el verano de 1931.

 


 

   En Tarragona demostró doña Juana sus primeros amores hacía los libros almacenados en estantes atiborrados de bibliotecas polvorientas cuando, dado el mal estado de la que acababa de ser nombrada directora, dio cuenta de ello a la opinión pública y pidió, desde las más altas esferas de la provincia, el remedio, la prensa –decía la nota periodística al hilo de lo dicho-, ha tributado elogios a la actitud patriótica de aquella. No tuvo mucho tiempo doña Juana de ver los resultados de su obra en Tarragona. Tres meses después de su llegada, tras poner en letra de imprenta lo que vio, se le aprobó el traslado a la Biblioteca de la Facultad de Farmacia de Madrid, en donde pasaría los años siguientes y en donde comenzaría a desarrollar una de sus principales labores, la de llevar el libro a los niños. Unos años después del arribo a la capital de España comenzaba a dar charlas divulgativas en las aulas, y fuera de ellas; una de las primeras, el 5 de enero de 1935, a través de los micrófonos de Unión Radio, con un significativo título: “Seis meses de Biblioteca Infantil”. Doña Juana había abierto una sección infantil en la Biblioteca que dirigía, ya, en la Universidad Central Madrileña.

   Su dilatada obra pasó los avatares de la década infernal que media entre 1936 y 1941, año en el que pasó a desempeñar aquellos cargos pasados en la Biblioteca de Granada, donde se mantuvo hasta 1950. En 1955 doña Juana Quilez arribó, por fin, tras una carrera de lucha, al libro de Guadalajara. Fue en el mes de febrero de 1955 cuando tomó posesión de la dirección de la Biblioteca Central y Centro de Coordinación de Bibliotecas Provinciales, en donde su mano no pasaría desapercibida. Inmediatamente se dejó notar.

   Su llegada a Guadalajara, lo hizo en 1952, coincidía con la llegada, también a Guadalajara, de su esposo, el abogado don Salvador Cañas Gómez quien llegaba igualmente para ocuparse de la Secretaría del Ayuntamiento de la ciudad. No tardando en hacerse un hueco en el mundo cultural, y social, de una Guadalajara que comenzaba a despertar, quizá, de un letargo cultural, a nivel institucional, arrastrado en el tiempo; integrándose entre las gentes que por aquellos años trabajaban abiertamente por poner el nombre de la ciudad en el lugar que, por sus antecedentes históricos, merecía. Era, sin duda, la única mujer, entre más de una docena de hombres de renombre provincial, que asistía a los consejos de cultura en Ayuntamiento, Diputación o Gobierno civil; y su palabra, por lo acertada, era escuchada con claridad.

 


 LUISA DE MEDRANO. UNA MUJER EN LA HISTORIA



   Fue, junto a Francisco Layna Serrano, Baldomero García Jiménez y algunos otros  clarividentes hombres de la cultura de nuestra patria chica, una de las adalides en el intento de fundación del Centro de Estudios Alcarreños, a través del cual había de rescatarse la cultura e historia de la provincia, y que tras muchos dimes y diretes no llegó a materializarse hasta una década más tarde. La iniciativa partía al final de la de 1950; con posterioridad nacería la Institución Provincial de Cultura “Marqués de Santillana”, y anterior a él, en los últimos días de abril de 1962, el Patronato Provincial de Cultura, del que doña Juana Quilez tomó parte. Si bien fue la propia Juana quien, en su trabajo como Archivera, encontró un documento en el que se decía que la propiedad del Palacio del Infantado volvería al Ayuntamiento y al duque, pro indiviso, si dejaba  de utilizarse como colegio de huérfanos del ejército, lo que posibilitó su restauración y su vuelta a la ciudad

   También centró su mirada, como tantos lo hicieron, en la ruina que por aquellos años mostraba el emblema de la ciudad, el palacio del Infantado siendo, junto a Francisco Layna, una de las adalides que trataron de que el edificio pasase a ser parte de la ciudad, a través de la donación o adquisición gubernamental, y fuese rehabilitado para albergar en él una parte de la cultura guadalajareña. Curiosamente, en el acto de firma del paso del palacio a la ciudad únicamente faltó, quizá, la persona que más trabajó para que ello se llevase a cabo, don Francisco Layna, a quien la ciudad, por mano de su Alcalde, en tan significativo momento, dejó a un lado.

   No pasó por alto en su labor cultural dar a la imprenta algunos artículos o estudios sobre gentes y obras de Guadalajara; sobre Alonso de Covarrubias y el sepulcro de doña Aldonza de Mendoza; o el Palacio de Galiana (Toledo), entre otros; y animosa en la vida cultural de la ciudad formó parte de numerosas actividades dirigidas a su engrandecimiento, siendo colaboradora ocasional de los entonces semanarios de prensa provinciales, Nueva Alcarria y Flores y Abejas. En aquella década, casi prodigiosa para la cultura de Guadalajara, la de 1960, pasó doña Juana a ocupar la dirección del Archivo Histórico Provincial, y ya prácticamente en edad de retiro, fundó, junto a otras numerosas mujeres de Guadalajara, la “Asociación de Amas de Casa Concepción Arenal”, de la que fue adalid y presidenta, prácticamente hasta que la vida se le agotó. Antes también fundó su revista cultural: “Investigación”, de corta pero intensa vida; y fue la incitadora para que a la provincia llegase la biblioteca etnográfica de otro de los hombres de la cultura patria, don Sinforiano García Sanz; pilar de la Biblioteca de Investigadores provincial.

 

LA FERIA DE BRIHUEGA. Historia para una tierra

 

   Los últimos años de trabajo los dedicó a dar charlas y conferencias en torno al libro, logrando incluso que circulase por las carreteras de la provincia el primer “Bibliobus” que acercase la lectura a sus pueblos.

   En el mes de junio de 1988 el Ayuntamiento de Guadalajara, en virtud a su larga y extensa obra, “entre sus méritos haber trabajado en la sombra por la restauración del palacio del Infantado, la vuelta a Guadalajara de la estatua de Aldonza de Mendoza, el haber constituido la Asociación de Amas de Casa de Guadalajara, el haber contribuido a la apertura de dos guarderías, así como una residencia de ancianos… Eso sin hablar de su trabajo como investigadora, logrando incluso reconstruir la historia de la Diputación provincial…”, acordó dar su nombre a una de las calles de la ciudad. Igualmente recibió, junto al escritor José Luis San Pedro, en el mes de abril de 1993, el homenaje de la Biblioteca Pública Provincial. Poco después, el 29 de abril de 1994 el Ayuntamiento de Guadalajara la reconoció imponiéndole la Medalla de Oro de la Ciudad; del mismo modo que fue nombrada “Hija Predilecta” de la Comunidad de Castilla-La Mancha. Sin duda, doña Juana nació para ser recordada.

   Juana Quilez Martí, licenciada en Filosofía y Letras, Bibliotecaria y escritora, nació en Albacete el 11 de marzo de 1906. Falleció en Guadalajara, el 26 de julio de 2004.

 

Tomás Gismera Velasco
Gentes de Guadalajara
Periódico Digital Henares al Día. Septiembre/2020

 


EL VALLE DE LA SAL. LA NOVELA




sábado, 19 de septiembre de 2020

ÁLVARO DE LUNA, SEÑOR DE LOS CONDEMIOS

ÁLVARO DE LUNA, SEÑOR DE LOS CONDEMIOS
Ostentó el Señorío de una importante parte de la provincia de Guadalajara


   Álvaro de Luna puede que sea uno de esos personajes míticos de la historia de Castilla. Personaje de novela por sus intrigas dentro y fuera de la corte, y por el poder que ostentó a lo largo de toda su vida. También por las circunstancias de su muerte, tras la caída en desgracia. Tan arraigado, su nombre, a la provincia de Guadalajara, a pesar de que fue nacido en la de Cuenca, en Cañete, en el lejano año de 1390 y muerto en Valladolid, el 2 de junio de 1453,  Condestable de Castilla, Gran Maestre de Santiago y valido del rey Juan II de Castilla, está enterrado en la capilla de Santiago, en la girola de la catedral de Toledo, en uno de los monumentos funerarios más buscados de la ciudad imperial.



   La historia de don Álvaro de Luna fue una constante de expulsiones de la corte por parte de facciones victoriosas, y de retornos a ella cuando la facción vencedora se disgregaba. De hecho, en uno de sus momentos de gloria, en 1423, logró que el rey abriera un proceso –amañado- al condestable Ruy López Dávalos. También fue, a su vez, solemnemente expulsado y desterrado a Ayllón en 1427 por los infantes de Aragón y una coalición de nobles descontentos con su favoritismo; para hacerle volver a la Corte un año después.

   Álvaro de Luna culminó de forma victoriosa una larga guerra con Aragón, iniciada en el verano de 1429, expulsando a los infantes aragoneses de Castilla.

   En 1431 se esforzó en emplear a los inquietos nobles castellanos en una guerra para reconquistar Granada. Aunque hubo algunos éxitos, como la batalla de La Higueruela, era imposible una política consistente, dado el carácter levantisco de los nobles y la indolencia del propio rey. Se dice, según unos, que no conquistó Granada por el terremoto de Atarfe –en los últimos días de julio de 1431-, según otros porque fue sobornado por los moros para que no conquistara la ciudad, entregándole un carro repleto de higos, cada uno de los cuales ocultaba una moneda de oro.

   En mayo de 1445 la facción de los nobles, aliada con los principales enemigos de don Álvaro, los infantes de Aragón, fue derrotada en la batalla de Olmedo. Allí fue malherido en una mano —de cuya infección falleció al poco-, el infante Enrique de Aragón; el favorito, Álvaro, que había sido nombrado condestable de Castilla y conde de Santiesteban en 1423, le sucedió en su título de Gran Maestre de la Orden de Santiago En ese momento su poder parecía incontestable, pero solo se basaba en el afecto que le dispensaba el rey. Eso cambió cuando la segunda esposa del monarca, Isabel de Portugal madre de Isabel la Católica, temerosa del inmenso poder del condestable y conocedora de sus intrigas, abusos y ciertos asesinatos dispuestos por el hidalgo de Cañete, urgió con insistencia a su marido a prescindir del favorito.

   Tomó parte en la reconquista de Atienza en el verano de 1446, después de que la villa fuese tomada por las tropas navarras a las órdenes de Rodrigo de Rebolledo, pasando a la historia como una de las batallas épicas de aquel siglo, cantada en los romances, y en donde Álvaro de Luna fue gravemente herido en la cabeza en uno de los ataques, junto a la desaparecida puerta de la Guerra.

   En Atienza, aquel verano, y en el mes de agosto, en uno de los descansos de la batalla y mientras se reponía de las heridas padecidas, puso punto final a su libro de “las claras e virtuosas mujeres”, en cuya última página puede leerse: e fue acabado e dado a publicación en el real de sobre Atienza entrada la dicha villa, catorce días de agosto diez e nueve calendas de septiembre. Año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil cuatrocientos e cuarenta e seis años…





   Es precisamente a raíz de la batalla de Atienza cuando Álvaro de Luna, a juicio de los cronistas de su vida se distancia del rey, ya que a cambio de haber puesto sus hombres a disposición de la corona, y dirigido la  mayor parte de los combates, habría pedido al monarca castellano la concesión del Señorío de Atienza con sus amplios territorios, para unirlos a los que ya disponía  al otro lado de las sierras divisorias de las Castillas, centrados en Ayllón; creando de esa manera uno de los señoríos más amplios en extensión de toda Castilla alcanzando en sus pretensiones desde Atienza hasta San Esteban de Gormaz; motivo, la negativa del rey a concederle Atienza en señorío, por el que, tras la batalla y conquista, ordenaría demoler e incendiar la práctica totalidad de la villa. Siendo el gesto del Condestable en torno a Atienza uno de los puntos empleados en su condena, conforme relata la “Crónica de Álvaro de Luna”, de José Miguel Flores, que vio la luz en 1784:

   Que no se entregó (rindió) Atienza porque el Maestre (Don Álvaro), alzó el real tocando sus trompetas, indignado de que el Rey no le quiso hacer merced de aquella fortaleza; y así se hubo de retirar desairado.

   Más si temeroso a tan grandes poderes territoriales de Álvaro de Luna, se opondría el rey, finalmente le concedió mediante privilegio de 16 de enero de 1448, las tierras de Condemios de Arriba y de Abajo, Campisábalos, Albendiego y Somolinos:

  don Johán, por la grazia de Dios rei de Castilla [...], acatando e considerando los muchos e buenos e leales e mui altos e señalados servizios que bos, don Álvaro de Lu-na, maestre de la orden de la cavallería de Santiago e mi condestable de Castilla, me avedes fecho e fasedes de cada día, e en alguna hemienda e remunerazión dellos, bos fago merced e grazia e donazión pura e propia e perfecta e non revocable, por juro de heredad para siempre jamás, de las aldeas e lugares llamados Campisávalos e Cientmolinos e Alvendiego e Condemio de Bajo e Condemio de Arriba, los quales fueron de la mi villa de Atienza”.

   Tierras que no habría de disfrutar durante mucho tiempo, ya que las intrigas de sus enemigos le llevarán primero a perder sus tierras y más tarde a la muerte, cinco años después de que los Condemios se integrasen en sus señoríos.

   La muerte de Álvaro de Luna devolvió las tierras a la corona, ya que fue desposeído de ellas con anterioridad a su ejecución y, en poder nuevamente del rey, usó de las tierras de Condemios y poblaciones aledañas para entregarlas a otro de sus hombres de confianza, uniéndose estas tierras a las de Miedes, en lo que formaría una nueva tierra segregada del Común de Atienza: “La Tierra de Miedes”, que pasó a ser señorío y, en algunos documentos, señalada como “condadillo de Miedes”, integrada por la propia villa cabeza de esta tierra, junto a Campisábalos, Los Condemios, Somolinos, Albendiego, etc.

   El testimonio de la concesión a Gastón de la Cerda se referencia en diversos archivos, donde se da cuenta de que con fecha 3 de agosto de 1453, recibió el Señorío de Miedes por merced de Juan II: Por la que acatando los muchos servicios de don Gastón de la Cerda, conde de Medinaceli, su vasallo, e de su Consejo, le hizo Merced por juro de heredad para siempre jamás, para sus herederos y sucesores, de 300 vasallos y los lugares y villas de la tierra de Atienza, como  son Paredes, Rienda, Torderábano, Ymón, Solanillos, Bojelcaya (Bujal-cayado), Cercadillo, Alcolea, Barcones, Romanillos, Banuelos, Las Casillas, Bochones, Maseracovel (Marazovel), Miedes, Tordevicente (Torrevicente), Aminosa (La Miñosa), Cañamares, Alpedroches, Hijes, Sauquillo, Campisábalos, Albendiego, Somolinos, Los Condemios, Retortillo y Navarros (Naharros), los cuales por esta merced se apartan de la Jurisdicción de la Villa de Atienza y se declaran de la pertenencia de Don Gastón autorizado poner en ellos alcaldes, alguaciles, con la justicia civil y criminal, alta y baja…

   Don Gastón, hijo de don Luis de la Cerda y Mendoza, III conde de Medinaceli, y de Juana Sarmiento, contraería matrimonio en 1433 con Leonor de la Vega y Mendoza, quien aportó al matrimonio el señorío de Cogolludo; heredándole, en Condemios y sus tierras, su hijo Iñigo López de la Cerda el cual, tras su matrimonio con Brianda de Castro, uniría en el apellido los dos señoríos de Miedes (donde se incluía Condemios) y Mandayona, puesto que Brianda de Castro aportó este último, Mandayona, al matrimonio. A estos, y como tercer Señor de Condemios, les sucedería quien habría de convertir el título de conde de Medinaceli en ducado, a partir de 1479, por concesión de Isabel la Católica, Luis de la Cerda y de la Vega, primer duque de Medinaceli.

   Don Álvaro de Luna y los Condemios, de Arriba y de Abajo, con tanta historia por contar.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 27 de agosto de 2020

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miércoles, 26 de agosto de 2020

CLARO ABÁNADES LÓPEZ



CLARO ABÁNADES LÓPEZ
El Cronista de Molina


   Con una pluma en la mano y una historia en la cabeza, nació don Claro Abánades López en aquella Molina de los Caballeros que siempre fue parte importante en la historia de España y la provincia de Guadalajara, a medio camino de Aragón, el 12 de agosto de 1879.

   Nació en una familia acomodada, cuentan que de clase media, que pudo darle algunos estudios. Don Claro pasó muy pronto por la Universidad Central de Madrid, en la que concluyó los doctorados de Derecho primero, y de Filosofía y Letras después, para dedicarse, como nota saliente de su vida a la escritura.



   Fue hombre de muchas iniciativas, a quien la juventud se le pasó en un vuelo estudiando los orígenes históricos de su localidad de nacimiento y poblaciones aledañas. A pesar de que los años finales del siglo XIX y los comienzos del XX fueron, como ahora los definiríamos, de intensa emigración. Por aquellos años para prosperar no había más remedio que anidar en la Corte, en Madrid, donde parecía encontrarse, para los naturales de Guadalajara, el centro del universo.

   A pesar de ello, quienes salieron de sus pueblos siempre tuvieron muy claro, como lo tuvo don Claro, que algún día regresarían, o tendrían una parte de su ser en la localidad de origen y la otra en la de residencia.

   Don Claro puso el ojo en el periodismo, así que antes de cumplir los veinte años su firma era habitual en los medios de prensa provinciales, que por entonces eran numerosos. Se hizo un hueco grande en Flores y Abejas, que recorría la provincia; y por supuesto, en el Molinés, dedicado a su ciudad.

   Y como hombre de sueños que se precie, junto a otro paisano, Angel Monterde, fundó el semanario La Torre de Aragón, en Molina, en 1906; posteriormente, y tras la desaparición de este fundaría en 1908, también en Molina, El Vigía de la Torre, ambos de corta trayectoria debido a que su vida futura estaba en Madrid, donde igualmente fundó un nuevo medio, Juventud Tradicionalista, en 1910.

   Al margen de atender a sus medios propios colaboró con otros nacionales, ingresando en la plantilla de El Correo Español en 1914, pasando después a El Pensamiento Español, del cual llegó a ser Redactor Jefe a partir de 1919, colaborando en otros diarios, semanarios y revistas, entre los que figuran La Nación o La Tribuna, aparte de la práctica totalidad de los periódicos de la provincia de Guadalajara, siendo uno de los fundadores de la Asociación de la Prensa de Madrid.

   También fue, como mandó la tradición de su época y tierra, un carlista convencido de los pies a la cabeza, heredero de aquellas ideas que surgieron al mediar el siglo XIX. Y un guadalajareño convencido también, puesto que estuvo allá donde los alcarreños en Madrid se encontraban cuando quisieron dar a conocer la provincia al mundo; formando filas con Layna Serrano, Camarillo, Sanz y Díaz, Juan-Catalina García López y… ¡Inmenso el plantel de grandes hijos de la provincia que laboraron por ella desde sus sedes culturales!




   Su producción histórico-literaria en torno a Molina de Aragón, y por tanto a Guadalajara, es hoy obra de culto y estudio, puesto que abrió la puerta a aquellas historias que, hasta que él llegó, permanecían guardadas en el baúl de los recuerdos: El alcázar de Molina; Tierra Molinesa; La Madre Mogas; Carlos VI, conde de Montemolín; Dinastía Insobornable; La Ciudad de Molina…; y, por encima de todos, por la devoción y admiración que creó al darlo a la imprenta: La Reina del Señorío; dedicado a la patrona de la comarca molinesa.

   Al margen de su vida cultural y un tanto política, aunque en ese mundo pasó poco menos que de puntillas, fue activo promotor de iniciativas como la creación de La Benéfica Molinesa, e incluso, en aquellos intentos que Guadalajara tuvo por dar a conocer en Madrid su provincia, fue activo promotor del Centro Alcarreño de Madrid; y de su continuación, la histórica Casa de Guadalajara en Madrid, en donde formó parte de su Grupo de Teatro, en el que incluso tomó parte activa como actor, al igual que su hijo, Claro Abánades del Arpa.

   El 14 de abril de 1947 le fue impuesta la encomienda de Alfonso X el Sabio por parte del ministro de Educación José Ibáñez Martín, a petición del Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras. Igualmente fue nombrado Caballero de la Orden del Águila Imperial de Alemania, la de San Carlos Borromeo, Constantino el Grande, o del Mérito Civil, entre otras.

   Fue nombrado Cronista Oficial de Molina de Aragón, e igualmente Consejero del Instituto de Estudios Provinciales Marqués de Santillana, de la Diputación Provincial de Guadalajara, así como Periodista de Honor de la Asociación de la Prensa de Madrid, al cumplir los cincuenta años en la Asociación.

   La ciudad de Molina le rindió en vida, como debe de ser, un gran homenaje, no era para menos. Puesto que fue uno de los hombres que más trabajó hasta 1963, año en el que tuvo lugar, por darla a conocer. ¡Gloria a los pueblos que reconocen a quienes trabajan por ellos desde la promoción cultural! En aquel, a más de los títulos que ya ostentaba, se le nombró “Hijo Predilecto de la localidad”.

   Falleció en Madrid, en su casa de la Plaza del Dos de Mayo, el 16 de diciembre de 1973; mal año para la cultura provincial, que a tantos hombres ilustres se llevó. Fue enterrado al día siguiente en el cementerio de la Almudena, de Madrid. A pesar de ello, su nombre permanece vivo en la cultural provincial, y en las calles de Molina, de Molina de Aragón, que supo agradecerle su labor.

Claro Abánades López, escritor y periodista, nació en Molina de Aragón (Guadalajara), el 12 de agosto de 1879; falleció en Madrid, el 16 de diciembre de 1973.

Tomás Gismera Velasco
Gentes de Guadalajara
Henaresaldia.com/julio 2020