viernes, 17 de mayo de 2019

ANTONIO LLEÓ SILVESTRE

ANTONIO LLEÓ, EN LA CASA DE PIEDRA.
Descubrió para el mundo la obra de Lino Bueno en Alcolea del Pinar.

   Unos años antes de que el rey Alfonso XIII se acercase a la Casa de Piedra de Lino Bueno, horadada en la viva roca de Alcolea del Pinar, por ella lo hizo uno de esos hombres que pasan y, sin apenas dejar huella, desaparecen, cumplida su labor. El hombre fue don Antonio Lleó Silvestre, el primer personaje que sacó al mundo el nombre de Lino Bueno y contó, para España y parte del extranjero lo que en Alcolea del Pinar había labrado aquel.

   Había, porque Lino Bueno vivía ya en la Casa de Piedra cuando don Antonio Lleó llegó a Guadalajara y conoció a Lino, Alcolea y la Casa.



   Natural de Valencia, Antonio Lleó Silvestre alcanzaría el título de Ingeniero de Montes en aquella ciudad en 1907, siendo destinado para el ejercicio de su profesión, después de recorrer numerosas poblaciones de Valencia y Teruel, a la provincia de Guadalajara, en 1918. Al asentarse en la capital de la provincia, en el mes de febrero de aquel año, llegaba procedente de Madrid; contaba con treinta años de edad, pues había nacido en la capital valenciana en 1888.

   En su misión de catalogar los montes provinciales llegó a los pinares del Ducado de Medinaceli poco después de su llegada a Guadalajara. Cuando Lino Bueno llevaba doce o catorce años picando la roca.

   De la llegada de Antonio Lleó a la capital se hizo eco la prensa, dedicando una nota a su  nombramiento; siendo admitido como vecino de Guadalajara, por su Ayuntamiento, a efectos de empadronamiento, en la sesión municipal que se celebró el 16 de febrero de 1918.

   La primera noticia de lo que aquel hombre, Lino Bueno, estaba llevando a cabo en aquel pueblecito llamado Alcolea del Pinar, en la carretera de Madrid a Tarragona, apareció en la prensa el 18 de agosto de 1920, sin firma de autor, a pesar de que no dudamos de que en realidad, tras aquel silencioso anonimato se encontrase Antonio Lleó, y con una hermosa imagen debida al fotógrafo Cámara. Son apenas unas líneas bajo un título significativo: Alcolea del Pinar. Una casa en plena roca.

   Fue el punto de partida para todo lo que vendría después, en suma, el reconocimiento a la labor de un hombre y, claro está, a su fuerza de voluntad.

   Entonces no existía lo que hoy conocemos como Seguridad Social, por lo que la hucha de las pensiones, tan en discusión en nuestros tiempos, ni aumentaba ni disminuía; pero se había creado muchos años antes, en 1908, el Instituto Nacional de Previsión, que con el tiempo sería el que se encargase de lo de la hucha y las pensiones. Distinto, claro está, a como hoy lo conocemos. Un instituto que, a pesar del tiempo transcurrido desde su fundación, no terminaba de despegar. Era entonces, más o menos, una especie de fondo de pensiones en el que los trabajadores iban ingresando algunas pequeñas cantidades que, en el momento en el que el cuerpo y la edad no permitiesen el trabajo, podían convertirse en una especie de salario mínimo mensual con el que poder subsistir.




   Fue nombrado, don Antonio Lleó, compatibilizando el nombramiento con su oficio de Ingeniero de Montes, el 2 de julio de 1920 por el Gobernador civil de Guadalajara –en oficios de interino-, don Antonio Gómez Plasent, Inspector Provincial del Trabajo, y aquí fue cuando el Sr. Lleó ideó la manera de lanzar el Instituto de Previsión al conocimiento provincial, al tiempo que se buscaba homenajear, y procurar un retiro, si acaso medianamente pagado, a Lino Bueno, quien para entonces, para ese año de 1920, contaba con la saludable edad de 67.

   Antonio Lleó Silvestre se dirigió a la prensa provincial a fin de involucrarla en su proyecto. Un proyecto que buscaba que a Lino Bueno se le hiciese uno de los primeros “Homenajes a la Vejez”, con los que en los pueblos se promocionaba el Instituto de Previsión. Hasta entonces, personas de setenta, de ochenta y más años, continuaban desarrollando, mientras sus fuerzas se lo permitían, labores agrícolas o ganaderas como cuando tenían treinta, cuarenta o cincuenta años, ya que no tenían otros medios con los que sacar adelante a la familia, o mantenerse ellos mismos, salvo que tuviesen algún posible; contasen con unos ahorros, pudieran vivir de los hijos, o los sostuviese la caridad municipal.

   En el asunto, a más de a la prensa provincial, involucró Antonio Lleó al maestro del pueblo, don Manuel Chillida Poza, quien escribió un memorial con todo lo hecho por Lino Bueno,  para que Lino lo pudiese poner en manos del Sr. Gobernador civil de la provincia, entonces don José Gil de Angulo, a quien se lo llevó personalmente cuando don José acudió a Sigüenza a la presentación del Sindicato Católico Agrícola de don Hilario Yabén, que tuvo lugar en la ciudad y su Teatro Seguntino la tarde del 4 de enero de enero de 1925. Lino Bueno, llegó a la sala del hotel, andando desde Alcolea, en la que las autoridades, tras la llegada del Sr. Gobernador, se dedicaron a homenajearlo, previa la charla, con una de aquellas comilonas con las que se celebraban los eventos políticos. Se abrió paso, el bueno de Lino, llegó al Gobernador y debió de decirle aquello de: “esto me lo han dado para usted”. El gesto de la primera autoridad provincial, cuando conoció la obra del hombre fue sentarlo a la mesa junto a él y tratarlo como si fuese una más de las autoridades que a él lo complacían. Todo un gesto.

   También involucró en el asunto, don Antonio Lleó, al subdirector del Instituto de Previsión, don Álvaro López Núñez y a su presidente, el General Marvá; y como necesitaba para dar conocimiento de todo ello a la prensa, echó mano de su amigo don Francisco de Paula Barrera quien, además de ser uno de los más prestigiosos abogados provinciales dirigía el semanario La Palanca; estaba casado don doña Remedios de Medrano, maestra de Geografía e Historia de la Escuela Normal, y que, por si fuera poco, veraneaban en Alcolea del Pinar.

   Para entonces Lino Bueno y su familia ya venían sacando unas pesetas extras a cuenta de las numerosas visitas que comenzaban a llegar a la Casa de Piedra. Un rudimentario cartelón junto a la carretera anunciaba que a cien metros de allí se encontraba aquella especie de monumento que quienes lo visitaban no dejaban de admirar, y sobre la fachada de la roca el señor Lino había tallado a cincel y martillo la fecha del inicio de la obra: “Se edificó por Lino Bueno, año de 1907”. Después de la misa del día de San José de aquel año, dio Lino Bueno el primer picotazo a la peñasca. Para rematar la obra, don Antonio Lleó logró que el Ayuntamiento de Alcolea aprobase concederle el título de propiedad de la peña.

   Y allá se juntaron, delante de la roca convertida en casa, el 22 de julio de 1925, las primeras autoridades locales y provinciales para hacer entrega a Lino Bueno de la propiedad de la peña; de la paga prometida y del “Premio al Trabajo”. A todos los retrató Francisco Goñi, y la proeza, fue conocida en toda España. Luego, unos años después, llegó la majestad del rey Alfonso XIII, y don Antonio volvía a Madrid, cumplido su trabajo, donde fue uno de los mayores defensores del arbolado, y de la Naturaleza.

   La Casa de Piedra, el monumento a la memoria y la fuerza de voluntad de un solo hombre.


Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 17 de mayo de 2019

miércoles, 15 de mayo de 2019

AMELIA DE LA TORRE. La actriz

AMELIA DE LA TORRE. La actriz


   Su figura de dama de la nobleza, con su voz peculiar y un genio que se hacía destacar por encima de algunos más de los grandes actores del cine español, se dejó sentir en una de sus últimas películas; quizá la que más nos la podría recordar: “La vaquilla”.

   Se trataba de ella, de Amelia de la Torre de la Fuente. La Amelia de la Torre de las películas en blanco y negro de la España de la postguerra. La de las pantallas de la televisión que la presentaban en su “Estudio Uno”; la de los teatros. La que recibió aplausos, pasó por los escenarios de España y América sin hacer ruido y, en silencio, pasó a la historia de la cinematografía nacional.



   Tenemos que buscarla, de muy chiquilla, en la escuela pública de su pueblo, de Illana, recitando versos, allá cuando el siglo XX comenzaba a sacar la cabeza, en 1913, cuando  don Manuel Brocas, diputado por el distrito de Pastrana, acompañado de todas las autoridades del pueblo, y algunas otras de fuera de él, acudió el 26 de marzo de aquel año para inaugurar las escuelas públicas del municipio, y allí estaba ella, cuando:

   las preciosas niñas Gloria Rico y Amelia de la Torre, recitaron con encantadora simpatía unas composiciones poéticas…

   Tenía entonces, Amelia de la Torre, aquella encantadora niñita que saludaba al Sr. Brocas y al Sr. Gobernador, y a todas las autoridades, ocho años de edad, y era la primera vez que se ponía ante el público. Después lo haría en muchas ocasiones más. Pero aquella, en su pueblo, fue la primera.

   Doce años después debutaría, a lo grande, en Madrid, nada menos que en la compañía de Margarita Xirgu. Porque Amelia tuvo muy claro desde niña, que quería ser actriz. Y lo hizo con la obra de un premio Nobel, don Jacinto Benavente, en “Cuando los hijos de Eva no son los hijos de Adán”, y a continuación, con el teatro de otro de los grandes de la escena y la poesía española, Federico García Lorca y su “Doña Rosita la Soltera”.





   Eran los años dorados de los actores españoles, que triunfaban aquí y allá. Los años dorados de los finales de la década de 1920 y los comienzos de la de 1930, que trajeron aquel disloque entre los hijos de la madre tierra que se llamó Guerra Civil.

    En 1936, dos o tres meses antes del estallido de la Guerra, la compañía para  la que entonces trabajaba, la de Josefina Díaz de Artigas, se embarcó hacía Argentina para interpretar entre otras piezas “Bodas de Sangre”; y allá, en Buenos Aires, se tuvo que quedar durante algún tiempo. Mucho tiempo, pues no regresó a España hasta la década de 1950. Representar obras de algunos autores, entonces llamados malditos, tenía aquellas cosas. Mientras allá se hacía grande interpretando obras de Rafael Alberti o de Alejandro Casona.

  
   En Buenos Aires se casó con el actor Enrique Diosdado que aportaba como hija a la futura actriz Ana Diosdado, fruto de otra relación; otra grande de nuestros escenarios que en ese momento contaba con pocos años de edad. De su matrimonio con el gran actor le nacería otro hijo, Enrique, como el padre.

   A su vuelta no le faltó trabajo. Porque era de esas actrices que llevan el escenario en la sangre.

   Se incorporó a su vuelta a España en la compañía de María Guerrero y trabajó habitualmente al lado de su marido, hasta la enfermedad y muerte de este.

   Debutó en el cine en 1938, en Argentina, con Bodas de Sangre. Y a pesar de que fue fundamentalmente actriz de teatro volvió a los platós para grabar algunas otras películas, ya en España, entre ellas: El Tren Expreso (1955); Plácido (1961); La Celestina (1969); La Miel (1979); y, finalmente, La Vaquilla (1984).

   Fue habitual en los escenarios teatrales de televisión, para los que interpretó, entre otras obras, Eloísa está debajo de un almendro; La Malquerida; Ocho Mujeres, o La Pechuga de la Sardina.

   Igualmente intervino en algunas series de televisión, de las que destacan “El Señor Villanueva y su gente”; “Anillos de Oro” y “Segunda Enseñanza”.



   Su vida transcurrió, desde entonces, con un pie sobre los escenarios del teatro y el otro en los platós de cine. Entre la casa y la familia, ganándose, por su particular forma de ser, la simpatía de los españoles, que la vieron, a partir de la década de 1960, como la madre de muchos de quienes descubrían el cine, la televisión o el teatro, por primera vez; como la abuela después.

   Vivió sin hacer ruido. Y sin hacer ruido se marchó, en Madrid,  el 13 de julio de 1987. Atrás quedaba una gran carrera teatral; pocas mujeres habían interpretado a tantos y grandes autores: Benavente, Lorca, Alberti, Casona, Pemán, Jardiel Poncela, Lope de Vega, Tennessee Williams, Gala, Chejov, Calvo Sotelo,  Ruiz Iriarte, Bertolt Brecht…

   Más de dos docenas de otras de teatro componía su repertorio; en más de dos docenas de películas dejó su sonrisa, y se llevó todos los premios que entonces se podía llevar un actor: Nacional de Interpretación, Larra, Latino…


   Amelia de la Torre de la Fuente, conocida como Amelia de la Torre, actriz, nació en Illana (Guadalajara) 12 de junio de 1905; murió en Madrid, el 13 de junio de 1987.

Tomás Gismera Velasco
Henaresaldía.com




viernes, 10 de mayo de 2019

CASTO PLASENCIA MAESTRO, EL PINTOR DE CAÑIZAR. Fue una de las grandes figuras de la pintura de su tiempo

CASTO PLASENCIA MAESTRO, EL PINTOR DE CAÑIZAR.
Fue una de las grandes figuras de la pintura de su tiempo

Tomás Gismera Velasco

   En lo mejor de la vida, y cuando gozaba de los máximos honores, falleció en Madrid Casto Plasencia Maestro. Quizá el pintor de mayor nombre que ha dado la provincia de Guadalajara.

   El 19 de mayo de 1890, a eso de las cuatro de la tarde, el cortejo mortuorio compuesto por varios miles de personas y más de cien vehículos salió del Pasaje de la Alhambra camino de la Sacramental de San Justo. En aquella calle, en el número 1, se encontraba desde poco tiempo atrás su estudio, convertido en uno de los mejores de Madrid. Le faltaban unos días para cumplir los 44 años de edad. En el cortejo formaban parte personajes tan dispares como Agustín Lhardy, Benito Pérez Galdós, Núñez de Arce o Francos Rodríguez. Por supuesto que no faltaban pintores de la talla de Joaquín Sorolla o políticos como el marqués de la Vega de Armijo, ministro de Estado entonces.



   Uno de esos libros, tipo diccionario de personajes ilustres, editado a comienzos del siglo XX y que llevó por título “Glorias Nacionales”, habla de Casto Plasencia, en términos elogiosos: El inspirado genio de la  pintura moderna, D. Casto Plasencia, nació en el pueblo de Cañizar (Guadalajara), el año de 1846, y era hijo de un pobre, pero distinguido médico, que le dejó niño al morir y sin bienes de ninguna clase…

   En Cañizar nació el 1º de julio de 1846,  hijo del médico del pueblo, D. Isidro Plasencia Ruiz, natural de Segovia, y quien desde Hita se trasladó a la localidad para ejercer su profesión unos años antes. Su madre, Ángela Maestro, era natural de Ciruelas. Padres que no tardaron en abandonar este mundo dejando a nuestro protagonista, y dos hermanos mayores, en el desamparo. Doña Ángela murió en 1855, D. Isidro poco después, en 1860. La orfandad lo trasladó a Madrid, al cobijo de su padrino, el general Ramón de Sandoval, amigo y compañero de estudios e ideas políticas del padre, quien advertido de las dotes que para la pintura tenía el joven trató de educarle en aquellas. Y a su padrino dedicó una de sus primeras obras: Retrato del Brigadier Sandoval, que lo había matriculado en la entonces Escuela de pintura, escultura y grabado de la Real Academia de Bellas Artes.

   Su primera obra, que como es de suponerse pasó en su tiempo desapercibida, a pesar de que le permitiese el paso a las Academias y que su nombre comenzase a sonar, fue un pequeño lienzo con la imagen de la Dolorosa que trató de regalar a la ermita de Nuestra Señora de los Llanos, de Hontoba, para que ornase el retablo de la Virgen de la Soledad.

   El Diccionario del que anteriormente hacíamos referencia nos dice que un par de años después de ponerse manos a la obra en aquello de la pintura, el Ministerio de Fomento le concedió una pensión de 1.000 pesetas anuales. Que para aquellos tiempos ya era todo un dineral, puesto que hablamos de la década de 1870. La beca le duró un par de años. Los suficientes como para soltarse con la pintura y aspirar a una de las plazas de pensionado de número de la Real Academia de España en Roma, fundada un año antes por el Gobierno republicano de Nicolás Salmerón dentro de los ideales de la Ilustración. Allá fue junto a quien, además de amigo sería uno de sus rivales en el mundo de la pintura, Francisco Pradilla. El cuadro que pintaron, tema obligado, fue el llamado Rapto de las Sabinas que, justo es decirlo, el de nuestro paisano anduvo perdido durante largos años hasta que recientemente apareció en episodio digno de ser novelado y hoy se encuentra en manos particulares, a la espera de mejor destino.






   De su etapa romana son algunos de sus mejores lienzos, entre ellos el soberbio Orígenes de la República Romana, de 25 metros cuadrados, que le fue adquirido por el Museo del Prado, y que en 1878 obtuvo la Medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes, rivalizando con Francisco Pradilla y uno de sus más conocidos lienzos: Juana la Loca.

   Su obra  pictórica es extraordinaria, desde el Retrato del marqués y la marquesa de Tetuán, al Alfonso XII y María de las Mercedes (para el entonces Ministerio de Estado), pasando por las enormes pinturas para el palacio de los marqueses de Linares; las de la capilla de Carlos III de la basílica de San Francisco el Grande, o las del palacio de los marqueses de Selgas.

   Cinco años le costaron las pinturas de San Francisco el Grande, que  alguien definió como lo mejor de la Basílica y  quiso comparar, a su manera, con las pinturas de aquella otra capilla a la que Miguel Ángel dedicó su vida. Reverdecía el otoño de 1886 cuando aquello sucedía. La conclusión de su gran obra en San Francisco el Grande, para iniciar las de ese palacio que tanto ha dado que hablar, el de los marqueses de Linares. Entre ambos edificios, la Basílica de San Francisco y el palacio de la plaza de Cibeles se encuentra parte de lo mejor de su obra.

   En unos tiempos en los que ya partía su vida, de genio y con dinero, entre los verdores asturianos de San Esteban de Pravia, en el concejo de Muros, hoy de Nalón, y Madrid. Allí, hasta Asturias, lo acompañaban sus alumnos, puesto que ya para esa década era maestro en su arte, y allí, en Asturias, soñaba con crear una Academia, a la par que artística, política. Cuentan que eligió Asturias porque en Guadalajara no era demasiado el caso que se le hacía. Como para confirmar el aserto de lo del profeta en su tierra.

   Y es que, aparte de sus éxitos en la pintura, su trabajo había sido reconocido con numerosas condecoraciones, nacionales y extranjeras, entre ellas la Gran Cruz de Isabel la Católica, la de Santiago, o la de la Legión de Honor francesa.

   Cuentan los guadalajareños Diges y Sagredo, quienes lo conocieron, que su cara era enérgica y angulosa, de estatura regular y cuerpo recio, ojos inquietantes y mirada inteligente, áspero con los indiferentes y llano y cariñoso con los amigos. Nada del otro mundo.

    No dicen sin embargo que era muy aficionado a la música, a tocar el piano y escuchar el gorgojeo operístico de Julián Gayarre, con quien mantuvo una gran amistad, y a quien acompañó en los últimos hálitos de su vida. Cuentan que la muerte de Gayarre, acaecida el 2 de enero de aquel mismo año, le produjo parte de los males que terminarían llevándolo al sepulcro. Enfermedad que le duró apenas quince días; y que fue seguida, día a día, por cuantos lo conocían y admiraban. Del estado de su salud se enviaba parte diario al Palacio Real.

   Casto Plasencia murió soltero y sin descendencia. Lo heredaron sus dos hermanos mayores, uno de ellos, Isidro, se encontraba junto a él en el momento de la despedida. Una despedida de la que tomaron parte desde los socios del Círculo de Bellas Artes, a los de la Sociedad de Escritores y Artistas; había sido cofundador de ambos centros, y al momento de su muerte pertenecía a sus juntas de gobierno.

   El Ayuntamiento de Madrid tardó dos o tres días en poner su nombre a una calle, para perpetuar su memoria. La placa se situó en el mes de junio de 1890 en el antiguo callejón de Las Minas, a medio camino entre los dos estudios que habitó nuestro personaje. El Ayuntamiento de Guadalajara lo hizo en 1906, lo de poner una calle a su nombre.

   Memoria, a grandes rasgos, de su vida. Su biografía todavía está por escribir, aunque ya se dijo entonces: ¿Para qué hacer ahora su biografía? Olvidado el hombre, lo que importa es su obra. Y mantener su memoria.
 

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 10 de mayo de 2019



viernes, 3 de mayo de 2019

WENCESLAO LOSA RANGIL

CAMPISÁBALOS, EN TIEMPOS DE DON WENCESLAO LOSA.
Maestro de la población, dejó la crónica de lo que allí sucedió en las primeras décadas del siglo XX


   En el mes de mayo de 1912 se hacía cargo de la escuela de niños de Campisábalos, a la que por entonces asistían dos docenas de chiquillos, don Wenceslao Losa Rangil.

   Eran tiempos en los que los maestros de estos nuestros pueblos iban y venían de uno a otro ya que la mayoría de ellos solían ser interinos. Quienes tenían la suerte de obtener la plaza en propiedad echaban raíces en sus respectivos pueblos de destino y pasaban a ser, como el cura o el sargento de la Guardia civil, donde lo había, una autoridad más del municipio.



   En estos años en los que don Wenceslao llegaba a Campisábalos los maestros las pasaban, como diríamos hoy coloquialmente, canutas. Y no precisamente por el comportamiento de los alumnos, que en ocasiones también, sino por el maltrato, a la hora de los pagos, por parte de los municipios, encargados de pagar al maestro en la mayoría de los casos, estando obligados a darles casa-habitación, que en no pocas ocasiones tampoco reunía, al igual que la escuela, las mínimas condiciones de habitabilidad.

   Dos Wenceslao Losa Rangil, maestro que fue de Campisábalos, entre otros lugares del rincón serrano de la provincia de Guadalajara, y limítrofes de la de Soria, no era de la serrana tierra, pues vino al  mundo en Barbatona, lugar de reconocida advocación mariana agregado de Sigüenza; allí  nació en 1863.

   Obtuvo el título en 1887, en Guadalajara, una profesión que tardaría algunos años en ejercer, pues su primer empleo fue como Secretario del Ayuntamiento de Padilla del Ducado, con un salario de 300 pesetas anuales, de las del año de gracia de 1888.

   Dejó Padilla por Villarejo de Medina, donde cobraba doscientas pesetas más; de Villarejo de Medina pasó al Ayuntamiento de Aldeanueva de Atienza, el último año  del siglo XIX, con una asignación anual de 100 pesetas, cobradas por trimestres vencidos, más media fanega de centeno y una arroba de patatas por cada vecino a cobrarse, patatas y centeno, o trigo metadenco, como se denominaba por estas tierras al centenoso, por San Miguel de septiembre, que es mes de ajustes y santo pagadero; de ahí que en no pocos municipios se le haya apellidado, para diferenciarle del de mayo, el Pagador, o el rico, que tanto da.


   Al oficio de secretario municipal, y judicial, en Aldeanueva de Atienza, tenía que añadir el de sacristán y organero de su iglesia. Oficios que iban parejos en muchos casos a la enseñanza, que comenzó a ejercer en Aldeanueva. En 1903 pasó a desempeñar iguales cargos en Estriégana; en 1904 estaba en Baños de Tajo; en 1908 pasó a Romanillos de Medinaceli, y como al comienzo apuntábamos, en 1912 llegó a Campisábalos.

   En todos los pueblos citados, y en Montarrón y en Brihuega, le dejaron a deber alguna mensualidad que reclamó una y otra vez, a lo largo de los años hasta que terminó por aburrirse, se jubiló  y quedó la deuda pendiente.

   Fue hombre de acción por estas tierras, como lo solían ser los maestros de estos pueblos, conocedores de que, de no ser por ellos, la cultura  no tendría lugar.

   Campisábalos era entonces un poblachón serrano de lo mejor de la Serranía, rondando los setecientos vecinos, siendo su alcalde don Mariano Liceras, quien sustituyó a don Juan Francisco Ricote, y a quien reemplazó don Juan de Miguel. Un pueblo dedicado a la ganadería, con unas cuantas miles de cabezas de lanar pastando en su término y haciendo entonces la trashumancia a Extremadura. Pueblo en el que los Lozano Manrique hicieron lo mayor de su fortuna antes de aposentarse, ricos y hacendados, en la Atienza del siglo XVIII, donde levantaron elegantes y señoriales casas en su calle principal, la hoy de Cervantes y entonces de la Zapatería. Y de dónde las tropas carlistas del cura Batanero, sacaron de debajo de un montón de trigo a don Baltasar Carrillo Manrique Lozano, el personaje por excelencia de estas tierras a lo largo del siglo XIX.

   Como todo hidalgo que preciarse quiera, también los Lozano disputaron en su localidad natal un lugar en el camino del paraíso, mandándose enterrar, los que no lo hicieron en el convento de San Francisco de Atienza, en el lado del Evangelio de la iglesia de su pueblo; los otros hacendados de la localidad, los Márquez, se habían pedido el lado de la Epístola.

   Ninguna de las dos familias superaría la grandeza funeraria de don Galindo Galindez, el templario caballero que llegado de las Galias se levantó toda una capilla, casi iglesia, transformando la original de la población.

   Nada tenía que ver entonces la iglesia parroquial de San Bartolomé de Campisábalos con lo que hoy se muestra a quienes por la localidad pasan y la admiran; la iglesia de San Bartolomé por aquellos tiempos era pura ruina, y lo continuó siendo durante muchos años más.

   La escuela también, que se encontraba en la calle de la Iglesia; la de niños, y la de niñas, a pesar de que las maestras no aguantasen en la población, en la mayoría de los casos, ni medio curso. Como doce o catorce fueron las maestras que pasaron por aquella escuela durante los años en que estuvo como maestro don Wenceslao, y como cura don Toribio Llorente, quien murió en 1926 y a quien sustituyó don Constantino Álvaro, nacido en Paredes de Sigüenza y quien terminó siendo arcipreste de la villa de Atienza, donde murió en 1965.

   Pocas novedades se vivían al año en Campisábalos, salvo las de las fiestas patronales, y las visitas anuales, al reclamo de la codorniz, del Conde de Romanones, quien reinó como amo y señor, durante años, los cazaderos de todos estos pueblos.

   Don Wenceslao no era cazador, pero fue un hábil cronista que nos dejó, a través de sus líneas, los aconteceres de la localidad. El devenir de la vida del pueblo por aquellos años, pues hay historias que ni recogen las enciclopedias ni los grandes historiadores, más datos a descubrirnos las hazañas de los personajes de adarga, rocín y lustre en el apellido.


   Don Wenceslao Losa se dedicó a contarnos cómo se celebraban aquellas fiestas patronales que los de Campisábalos aguardaban todos los años. Las fiestas de Santa María Magdalena y de San Bartolomé, cuando a ambos los sacaban en procesión por las calles del pueblo, precedidos por aquellos danzantes que, como en Galve, Hijes, Ujados o los Condemios, les iban abriendo paso a ritmo de dulzaina y de tambor.

   Y es que, por estos nuestros pueblos, en los que hoy se respira el aire más sano en muchos kilómetros a la redonda, los maestros como don Wenceslao escribieron la memoria de un tiempo que, si ellos no lo hubiesen hecho, se nos habría perdido.

   Se jubiló don Wenceslao Losa Rangil a los 63 años de edad, en 1926; regresó a su natal Barbatona y Campisábalos comenzó a dormitar al embrujo de sus milenarias leyendas.

   Parece que lo vemos, por las calles de Campisábalos, dirigiéndola: La procesión recorrió las principales calles del pueblo, guiada por el niño Gerónimo Losa Barbolla tocando la campanilla, y un niño con su cruz alzada, acompañados de dos grandes filas de niños de la escuela regentada por el profesor don Wenceslao Losa Rangil; bailaban la danza ocho jóvenes del pueblo haciéndolo admirablemente…

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 3 de mayo de 2019

viernes, 26 de abril de 2019

EL ALFÉREZ DE ATIENZA, FRANCISCO DE SEGURA.

EL ALFÉREZ DE ATIENZA, FRANCISCO DE SEGURA
Autor y recopilador de romances en el Siglo de Oro, su nombre merece la pena sacarse del olvido.


    En estos días en los que libros y autores son protagonistas, no está de más recordar a alguno de los nuestros. De nuestros escritores olvidados. Francisco de Segura es uno de ellos.

   Tenemos que trasladarnos al Siglo de  Oro, para encontrarnos junto  Miguel de Cervantes, Lope de Vega, y alguno literatos de renombre a Segura, el Alférez de Atienza, uno de esos personajes curiosos que surgen en la historia de la Guadalajara literaria, quien se dedicó a componer y editar romances históricos. E incluso algunos estudiosos lo dan como autor, o cuando menos conocedor en sus prolegómenos, del famoso Quijote de Avellaneda.




   Está claro, a juicio de quienes han estudiado su obra, tanto creativa como editorial, que tuvo cierta participación en obras de los genios citados, y por supuesto de Salas de Barbadillo, quien publicó alguna de sus obras, entre ellas La Hija de Celestina, a través de nuestro paisano. Cuenta José María Alín en: De las seguidillas a las seguidillas seriadas, que: Francisco de Segura era de Atienza, en donde había nacido en 1569. Como soldado pasó lo mejor de su juventud en Portugal, de donde salió en 1594. Años más tarde, en 1601, nos lo encontramos como Alférez en la Casa Real de la Aljafarería de Zaragoza, según consta en un opúsculo suyo de ese mismo año en el que publica cuatro romances dedicados a la milagrosa campana de Velilla. Alguna vez nos lo encontramos figurando al lado nada menos que de Lope de Vega.

  Francisco de Segura, efectivamente y como él cuenta, pasó gran parte de su vida entre Portugal y Zaragoza, y no perdió la ocasión de servir a alguno de nuestros paisanos, entre ellos al capitán Juan Bravo de Lagunas, originario igualmente de Atienza, y a quien dedicó una de sus más destacadas obras, Los Sagrados Mysterios del Rosario de Nuestra Señora, en donde dice a nuestro capitán: La música del no menos valiente que virtuoso Joan Bravo de Lagunas me fue en los oídos de tal consonancia, y su disciplina de tal aprovechamiento, que me determiné a mostrarte que me bastaba el ser su súbdito y humilde soldado para emprender esta obra…

   Tal vez uno de sus trabajos más celebrados pudiera ser su relato del misterio de la famosa campana de Velilla. Relato versificado que toma tanto de la leyenda, como de lo contado por los vecinos del lugar, dando cuenta de que el 13 de junio de 1601 a las siete de la mañana se empezó a tocar ella de suyo la campana, y después de varios días, volvió a tocarse, teniendo como testigos más de cien almas… La campana, contaba la tradición, repicaba anunciando desgracias.



 JUAN BRAVO, ENTRE ATIENZA Y VILLALAR. EL LIBRO, PULSANDO AQUÍ



   Su “Primavera y flor de los mejores romances que han salido ahora nuevamente recogidos de varios poetas”, lo dirigió y dedicó a Lope de Vega en 1634. Y con anterioridad había dedicado a otro de los grandes literatos portugueses, Duarte Días, otra de sus obras; parte de su “Romancero historiado”, centrado en Portugal: He querido dedicar a este Reyno el aver dado al mundo al excelente poeta Duarte Núñez Lusitano, el qual con maravilloso estilo escribió un poema heroico en que trató la restauración de Granada por los Católicos Reyes Doña Isabel y Don Fernando, de gloriosa memoria; y no es mucho que, pues uvo un portugués que cantase proezas de castellanos, que aya otro castellano que cante agora proezas de portugueses…

   Antonio Rodríguez Moñino nos da cuenta de algunos aspectos más en torno a nuestro ilustre trovador: A diferencia de lo que ocurre con tantos colectores y análogos de los siglos de oro, la biografía de Francisco de Segura ofrece algunos asideros sólidos de los cuales prende un tenue esbozo biográfico. Por propia confesión sabemos casi todo, y, entre ello, su patria y el año de su nacimiento: vino al mundo en Atienza en 1569.

   Casi niño, con apenas catorce años, lo vemos en Punta Delgada, capital de la Isla de San Miguel, donde fue herido; parece poco probable que a los trece años y medio tomase parte en los combates, alistado bajo las banderas de don Alvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, donde conoció a Miguel de Cervantes, igualmente alistado a las órdenes de Bazán, pues así se desprende de un párrafo suyo, en donde dice: …lo mejor de mis años lo pasé entre ellos, que fue desde los trece y medio, que quedé herido en Punta Delgada, ciudad cabeza de la isla de San Miguel; de la Batalla Naval que tuvo el valentísimo Marqués de Santa Cruz, con la Armada de Felipe Strocci, hasta el año de noventa y cuatro, que salí della con licencia de mi Rey.

   Probablemente pasó destinado a tierras aragonesas a fines del siglo XVI y en 1601 ya estaba de Alférez en la Aljafería zaragozana, pues con tal título aparece en los romances de la famosa campana de Velilla. Durante ese mismo año concluyó la obra de más altos vuelos y extensión: Los sagrados misterios del Rosario de Nuestra Señora, estampada en 1602, con licencias a partir de febrero y dedicatoria a la esposa del famoso valido don Pedro Franqueza, suscrita el 5 de agosto. 




   Aunque no ha llegado ningún ejemplar a nuestras manos, no podemos dudar de la existencia de un libro importante dentro de la propagación del llamado romancero nuevo. En la portada de los libros que hemos visto de su autoría, siempre presume de su naturaleza. De haber nacido en Atienza.

   Todavía ha de salir dos veces más en el año 1605 el nombre del Alférez Segura en letras de molde y ambas en preliminares de libros ajenos. Será en El solitario poeta, curioso y poco leído libro de Alonso de la Sierra, donde escribe unas estancias, y para el Discurso, epístolas y epigramas de Artemidoro,  donde Andrés Rey de Artieda recoge lo principal de su obra lírica, aquí con un soneto laudatorio, pruebas ambas de que era estimado de los poetas zaragozanos, pues allí se encontraba. Y que su nombre traspasaba los límites de Castilla.

   Es muy probable que volviese a Portugal durante algún tiempo, puesto que en Lisboa, el 9 de noviembre de 1609, firma la dedicatoria a don Miguel de Noronha, Conde de Linares, de la Primera parte del romancero historiado, en el cual trata de los hechos de los reyes portugueses. Libro del que los estudiosos nos dicen que tiene interés biográfico el prólogo Aos lectores, del cual se extraen las noticias relativas a padres, fecha de nacimiento, jornada de las Terceras y amor por los portugueses, y en donde señala la gratitud que siente por las atenciones que con él tuvieron sus jefes, el Conde de Villafranca, y Gonzalo Vaz Coutinho, que han de ser quienes en definitiva le mueven a componer dicho Romancero.

   La estancia de Segura en Lisboa no debió de ser en esta ocasión muy prolongada y sus actividades en Zaragoza vuelven, como hemos visto, en 1611. Hallamos en el siguiente año un testimonio que le profesó un escritor de los más conocidos en la Corte, el cual a consecuencia de riña, escándalo y cuchilladas a lo Francisco de Quevedo, se vio desterrado de Madrid, y residió algunos meses en Zaragoza: Jerónimo de Salas Barbadillo. Tal intimidad tuvieron que le dejó para su estudio y edición alguno de sus originales literarios: Pasando a Cataluña Alonso Gerónimo de Salas Barbadillo por esta ciudad de Zaragoza, con quien en fe de ser todos una patria, y nacido en ese reino de Toledo, profesé estrecha amistad, dejó en mi poder por prenda de voluntad algunos de los más felices trabajos de su ingenio, y entre ellos esta sutil novela de la hija de Celestina…

   Pero Francisco de Segura tenía también obra propia en el telar por aquellos entonces, y en 1613 aparece el Rosario sacratísimo de la Reina de los Angeles. Los biógrafos lo mencionan cómo de 1614 y en Lisboa aparece poco después una nueva edición del Romancero historiado.

   Su obra literaria ha sido estudiada en el último siglo por los más grandes de la literatura hispana, desde Menéndez Pelayo a Menéndez Pidal, Serrano Sanz, o Juan Catalina García. Sin que falten quienes lo citen entre los autores, sino de la totalidad del texto al menos de parte, y ante todo de su prólogo, del famoso Quijote de Avellaneda.

   Pasó a la historia como El Alférez de Atienza, pues así firmó muchos de sus trabajos. Dando cuenta en todas sus obras de que en Atienza se encontró su cuna. Y su nombre, y su obra, están a la altura de los mejores, y escasos, literatos que ha dado la provincia al Siglo de Oro. Digno nombre, el de un literato de su reconocimiento, prestigio y autoridad, para rotular la entrada de cualquier biblioteca municipal que preciarse quiera.

   Y de que, poco a poco, se conozca su nombre, por esta tierra de Guadalajara, desde la Alcarria, a la Serranía; en estos días en los que, como al comienzo decíamos, se habla de libros, y de quienes los escribieron.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 26 de abril de 2019

 LA CASA DE PIEDRA. crónica de una voluntad

martes, 16 de abril de 2019

JULIÁN SAINZ MARTÍNEZ, “SALERI II”. El torero

JULIÁN SAINZ MARTÍNEZ, “SALERI II”.
El torero
Tomás Gismera Velasco

   Que se ganó al público con una revolea, adornándose, sin perder de vista la cara del morlaco. Gustándose, sabiendo que, de arrugarse y dar la espantá, en lugar de ajustar el capote y sacarle los cuatro pases que tenía, todo estaría perdido. Que las ocasiones pasan y hay que aprovecharlas, que para eso se hicieron.

   Cambiado el tercio tomó los garapullos y aguantando una enormidad colocó un soberano par al cambio. Luego empezó su faena con el paso de la muerte, continuó erguido y elegante con pases naturales, de pecho, molinetes en la misma cabeza de la res y entrando derecho a herir le metió una estocada monumental en los mismos rubios. Vestido de grana y oro, y largando bandera.

   Luego, las orejas, el aplauso, el alboroto de quienes, a hombros, le quisieron dar la vuelta al ruedo, convirtiéndolo en un ídolo, cuando los ídolos salían de las plazas de toros.

Julián Saínz Martínez Saleri II


   Julián Saínz Martínez, que nació para torero en un pueblo con nombre de Conde, Romanones, en una provincia en la que los toreros, salvo en las capeas de los pueblos, no se dejaban ver demasiado.
   Sus padres, Eustaquio y Valentina, no lo veían como tal, a pesar de que, desde pequeño, sintió afición al arte de los toros, y con sus compañeros de escuela solía dedicarse a torear en los alrededores de su casa de Madrid, a donde la familia se trasladó a vivir desde Renera, el pueblo del padre, cuando Julián contaba con ocho o nueve años de edad.

   A los quince años se empleó como dependiente en una carnicería de la calle Infantas, propiedad de un tal Manuel Moncó, aficionado también, que le obligaba a visitar el matadero con cierta frecuencia, y allí, en el matadero, se conocía a más aficionados que, llegando el tiempo de las ferias, hablaban de toreros.

   El Julián, que se le metió en la cabeza eso de triunfar en las plazas de toros, hacerse rico, comprarse el mejor coche que hubiese en el mercado y presumir de todo ello, aprovechaba sus días libres para pasearse por las capeas de los pueblos de los alrededores de la capitas para hacer sus pinitos taurinos, aprendiendo el arte de torear, hasta que le llegó su oportunidad en Fuentes de la Alcarria, donde los días 2 y 3 de septiembre de 1908 mató un novillo cada tarde. Con aquellas revoleas, verónicas y pases de pecho que arrancó a unos toretes que ni para carne valían.

   Tenía entonces 15 años. A partir de entonces le surgirían los contratos en pueblos de la provincia, acompañado por su cuadrilla, entre la que estaba el banderillero Salinero.

El 27 de agosto de 1913 se despidió como novillero, en la plaza de Barcelona.

   En el mes de marzo de 1912 logró que el empresario de la plaza de Tetuán de las Victorias, hoy barrio de Madrid, le brindase una oportunidad, toreando junto a Copao y Gordet. Siendo el triunfador de la tarde. A partir de entonces comenzaría a torear con más frecuencia.

   El 15 de agosto de 1913, en Madrid, mató cuatro toros de la ganadería de Antonio Sánchez, de Añover de Tajo, por haber sido cogido Ballestero y ser más antiguo que Herrerín, sus compañeros de terna. Desde entonces sus éxitos fueron en aumento, hasta ser una figura nacional del toreo, llegando a estar en los primeros puestos del escalafón taurino, tanto en España como en América, por donde realizó innumerables giras.

   Aunque, donde verdaderamente se triunfaba  en aquellos primeros años del siglo XX, era en América, que también triunfó, cuando Europa se preparaba para vivir su primera gran guerra del siglo.

   De regreso a España, en la temporada de 1914, el 13 de septiembre se paseó por la arena la plaza de Madrid, con Vicente Pastor y Durán ("El Chico de la Blusa"), y acompañados ambos por el coletudo sevillano Francisco Martín Gómez ("Curro Vázquez").  

   Aquel fue el dia de su doctorado, su toma de alternativa, dando lidia y muerte a estoque al toro “Manguero”, marcado con la divisa de Pérez Tabernero. Anduvo templado y lucido en la lidia, lo que vino a confirmar los buenos presagios que tenían quienes le habían visto triunfar como novillero. Éste y otros triunfos similares le valieron para anunciarse en los carteles de Madrid durante casi todas las temporadas en que permaneció en activo, lo que tampoco le impidió acrecentar su fama en Hispanoamérica.

   En 1916 cumplió cincuenta contratos, sesenta y dos en la campaña siguiente; y setenta y dos en la de 1918. Estaba entonces en el momento culminante de su carrera, cuando lidió en Bilbao el día 18 de agosto de aquel año un toro de Parladé, al que mató recibiendo después de una faena de las que hacen historia, adornándose con la muleta como sólo él lo sabía hacer.

Saleri, adornándose ante un toro en la plaza de Valencia.


   Sin embargo, a partir de entonces comenzó a ver mermadas sus facultades físicas por culpa de ciertos problemas de salud, razón por la que firmó varios contratos en tierras de Ultramar, a sabiendas de que allí el público es menos exigente y el ganado más templado y manejable. Allí, además, a partir de 1922, comenzó a desarrollar su nueva faceta como empresario taurino.

   Antes, la boda, por todo lo alto, en Aranzueque. Como una estrella. Las crónicas de aquel tiempo así lo reflejan; claro está que se casaba con la hija de todo un caballero de la política y la industria de Guadalajara, con Carmen Pérez Pardo, hija de don Mariano Pérez Pardo, llevando como padrino a don Manuel Brocas, representando al conde de Romanones:

   Terminada la ceremonia religiosa una nube de fotógrafos, impresionó multitud de placas. A todos los invitados, que pasarían de trescientos, se les obsequió con espléndido almuerzo servido por la casa Tournié de Madrid.

La boda de Saleri, en Aranzueque, levantó tanta o más expectación que la de un rey


   En la temporada de 1923 intervino en treinta festejos, los mismos que lidió durante la campaña siguiente. Pero sus actividades en Hispanoamérica le absorbían todo su tiempo, por lo que no volvió a pisar los ruedos españoles hasta diez años después, cuando, en 1934, anunció que volvía a vestirse de luces ante sus paisanos. Sin embargo, sólo cumplió dos ajustes en aquella campaña, y uno en la de 1935, en las arenas de Almagro (Ciudad Real), el día 25 de agosto. Fue ésta la última ocasión en que hizo el paseíllo. Los buenos aficionados del primer tercio del siglo XX lamentaron la retirada de uno de los toreros más completos que habían conocido, largo en su repertorio, y valiente, que sabía manejar muy lucidamente el capote, poner banderillas con riesgo y soltura, muletear de forma soberbia y ejecutar recibiendo la suerte suprema.

   Para entonces había muerto su primera esposa, Carmen Pérez Pardo, y se había vuelto a casar con una estrella de los musicales del Brooklyn de Nueva York. Se había comprado los  coches más caros y levantó en su pueblo la mejor casa que se conoció en  muchos kilómetros a la redonda.

   Según todos los cronistas de su tiempo fue un torero muy estimable. El más señalado, sin duda, que ha dado la provincia de Guadalajara.

   ¿Qué por qué lo de Saleri II? Porque a uno de sus amigos, de los que con él anduvo por las capeas, Gabriel Hernández, se le antojo llamarse “Saleri”, a secas. Por lo de, saleroso.

Saleri fue, por encima de cualquier otro, el torero de Guadalajara.


   El maestro, director de la Banda Provincial y Municipal de Guadalajara, don Román García Sanz le compuso el pasodoble, que tituló con su nombre, y un tal Paco Pica Poco, le dedicó unos versos recién comenzada su andadura como matador:

La fama que Saleri ha conquistado,
es, sin duda, alcanzada con conciencia,
porque une, a su mucha inteligencia,
un valor decidido y comprobado.
Trabaja, como pocos, reposado;
no gusta de reñida competencia,
y escucha los aplausos con conciencia,
en pago de un trabajo delicado.
Es de la tauromaquia una esperanza,
que hará segura y próspera carrera,
porque tiene afición, y es muy valiente.
Si el premio de los héroes alcanza,
en lucha noble y franca con la fiera,
laurel de gloria ceñirá su frente.

   Que lo lució, el laurel y la gloria, hasta que un día, 7 de octubre de 1958, murió corneado por lo que los médicos dictaminaron como “infarto de corazón”.

   Julián Saín Martínez, Saleri II, torero, nació en Romanones (Guadalajara), el 19 de junio de 1980. Murió en Madrid, el 7 de octubre de 1958.

En: Gentes de Guadalajara.
Henaresaldía.com 


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