jueves, 5 de diciembre de 2019

KATHARINE HEPBURN, LA ESTRELLA DE HOLLYWOD QUE SE ENAMORÓ DE ATIENZA

KATHARINE HEPBURN, LA ESTRELLA DE HOLLYWOD QUE SE ENAMORÓ DE ATIENZA
Las Troyanas de Atienza (II)


   Katharine Hepburn, la estrella de los tres Oscar
   Eran los que tenía la gran estrella del universo cinematográfico, Katharine Hepburn, cuando en los últimos días de agosto de 1970, procedente de Londres, su avión tomó tierra en el madrileño aeropuerto de Barajas. Pasó desapercibida su presencia entre el público, menos acostumbrado que en nuestros días a seguir la vida de los grandes artistas extranjeros. Para los españoles, y por aquel tiempo, las páginas de la prensa que entonces como hoy lleva el título de “prensa del corazón”, sus páginas las llenaban los ídolos hispanos, los cantantes, actores y actrices de nuestro suelo patrio, con alguna de aquellas figuras que se elevaban por encima de las pantallas cinematográficas, como Jackie Kennedy-Onassis o Farah Diva Pahlavi. Alguna incursión también nos hacía, desde Italia, la gran Sofía Loren, estrella desde que por aquí interpretase a doña Jimena Díaz, señora del Cid Campeador… y poco más.



   Por ello el paso de Katharine Hepburn, larga como un día sin pan, embutida en unos pantalones ajustados de color azul oscuro, con unas gafas oscuras tapándole media cara; un pañuelo, azul también sobre su cabello pajizo y sobre el pañuelo gorra de plato, pasó desapercibida.

   La esperaba un vehículo de aquellos, tipo americano, que llamaban la atención por donde pasaban, con  chófer, para llevarla al hotel Eurobuilding, junto a la castellana madrileña, a unos pasos del estadio Santiago Bernabéu. El vehículo pertenecía a una empresa de alquiler contratada por la productora cinematográfica Josef Shaftel Insurance, con sede en la calle de San Telmo número 77 de Madrid, y representada por quien había de ser años después una de las figuras más conocidas de la cinematografía hispana, Francisco Lara Polop; a  Francisco Lara lo acompañaba otro de aquellos personajes que pasarían a la historia del cinema patrio, en este caso a través de la fotografía, Augusto García Fernández-Balbuena, que se convertiría en el apoderado de la actriz en España.

   Junto a Katharine Hepburn viajaba su secretaria, y la productora puso, a disposición de ambas, una traductora oficial que les fue contando, desde el aeropuerto de Barajas al hotel, las glorias de la España que, a partir de aquel 26 de agosto, en el que el avión tomó tierra, iba a ser, por espacio de unos meses, su tierra de residencia.

   La visita de la actriz a España tenía por objeto, tomar parte en aquella película mediante la cual esperaba obtener su cuarto Oscar de la Academia, puesto que para entonces en su mansión de Fenwick (Connecticut), ya se mostraban los logrados por sus interpretaciones en Gloria de un día (1934); Adivina quién viene a cenar (1968), y El León en invierno (1969), interpretando a Leonor de Aquitania. El cuarto le llegaría muchos años después, en 1982, por su último trabajo: En el estanque dorado. Todavía ninguna actriz ha logrado superar su palmarés.

   En aquel lujoso hotel recién inaugurado se hospedó, a la espera de otras tres de las grandes actrices del entonces universo cinematográfico mundial, Irene Papas, Vanessa Redgrave y la veinteañera Geneviève Bujold, ya que las cuatro, junto al director de la cinta, serían las protagonistas de una poco multitudinaria rueda de prensa que se llevaría a cabo en el hotel para presentar la película a rodarse en Atienza a la prensa, y que la prensa dejase en paz a las actrices por tiempo indefinido, que fue el deseo de su director, Michael Cacoyannis. Un deseo que logró.

El viaje a Atienza
   Antes de que la rueda de prensa tuviese lugar, se celebró el miércoles 26 de agosto, a Katharine Hepburn la llevaron a conocer Toledo, El Escorial, Ávila, Segovia y, por supuesto, Atienza. La entonces poco menos que misérrima e histórica villa de la provincia de Guadalajara que, pocos lo conocían, iba a pasar a la historia de la cinematografía mundial de la mano de aquella mujer, a través del título de una película tan extraña como lejana. Las Troyanas, que en Atienza nadie sabía quiénes eran ni falta que hacía. Lo más que se conocía entonces en Atienza era que desde el mes de mayo el Ayuntamiento, cada dos por tres, emitía un bando dando cuenta de que se necesitaba tal o cual cosa “para la película del castillo”. 

   Por la villa pasaron arquitectos, ingenieros y mandamases, de Bellas Artes sobre todo, para dar las autorizaciones pertinentes y, en ello, llegó ella. La gran Katharine Hepburn, junto al director de la película, Michael Cacoyannis, para conocer el lugar del rodaje y, sobre todo, para que la estrella, que pasaría en Atienza los próximos meses, conociese su casa y pudiera hacer las últimas indicaciones en cuando a la decoración del interior o al color de la pintura de las paredes. La casa estaba recién construida, pero todavía le faltaban los muebles y pintar las paredes al gusto de quien iba a ser su inquilina. Una casa cuyo alquiler se ajustó en ¡nada menos! Que 1.500 pesetas diarias, una auténtica barbaridad.


   Junto al director griego, y en compañía de Augusto García Fernández-Balbuena, su secretaria y la intérprete hizo la actriz su primer viaje a Atienza. La recibió, como no podía ser de otra manera, su ilustre Alcalde, don Julián Ortega Asenjo, médico de profesión y, a la sazón, entre otros títulos, Consejero de la Caja y Diputado provincial por el partido de Atienza, además de los títulos que hacían mención a su pertenencia al llamado Movimiento Nacional. Todos ellos se pasearon por Atienza en un día en el que, a juzgar por las prendas que vestían la estrella y el director no debió de ser muy caluroso, a pesar de correr los últimos días de agosto en los que, quizá por ello, empleados los atencinos en el trabajo de la era, pasó desapercibida. Muy pocas personas se dieron cuenta de que caminó desde la plaza del Ayuntamiento hasta los alrededores de la iglesia del Salvador, donde se encontraba su domicilio, y que la comitiva se detuvo en la plaza de San Juan, y junto al Arco de su nombre, donde se retrataron para la posteridad.

Os construiré unas escuelas…
   La mayor de seis hermanos, y sin hijos a lo largo de su vida, tuvo un especial cariño por los niños. Y los chiquillos de Atienza, que en gran número trabajaron en la película, la enamoraron. Por ello, desde el primer momento llevó la idea fija en la cabeza de dejar para la posteridad del tiempo, y de la villa de Atienza, su nombre enmarcado entre los muros del pueblo.

   Se rodó la película, y se encariñó de uno de los protagonistas, el inglés Brian Blessed que interpretó en la cinta el papel de Taltibio y llegó a Atienza luego de poner cara al mosquetero Porthos; la “reina de Hamamelis”, la llamaba el inglés, que era tanto como decir “de los caprichos”. Cacoyannis advirtió a los intérpretes que nada de enamorisqueos ni cosas de esas en las que el corazón se metiese por medio, porque podía traer malas consecuencias para el trabajo final. Con Brian Blessed recorrió uno a uno los caminos de Atienza nuestra estrella, fue hasta el pinar, subió hasta el Padrastro y se llevó a casa una buena colección de fósiles, a cuya búsqueda se aficionó.

   Fue cuando comenzó el curso escolar cuando la gran Katharine se asomó a las escuelas de niñas, y de niños, y vio que la escuela de niñas estaba prácticamente recién construida y la de niños dejaba mucho que desear.

   En su casa del barrio de San Salvador, pocos días antes de dejar Atienza y retratarse a lomos de una de las burras del atencino Gabriel Cabellos, que llevaba a cabo oficios de jornalero para la productora, Katharine Hepburn mandó llamar al señor Alcalde. A la reunión también asistieron algún que otro concejal, Augusto García Fernández-Balbuena y el productor Anis Nohra. Katerine Hepburn quiso primero conocer cuánto costaron las escuelas que se construyeron para las niñas, poco más de trescientas mil pesetas de las de entonces y… Los ojos del Alcalde de Atienza hicieron chiribitas. La actriz, por medio de sus representantes, puso los miles de pesetas, tras traducirlos de los miles de dólares, necesarios para la edificación de unas escuelas nuevas para los niños de Atienza, y que el nombre de Katharine Hepburn se quedase en la villa, para la eternidad. Don Julián Ortega Asenjo la dio los títulos de “muy egregia, ilustre  y sin rival actriz”.

   Y alguien al día de hoy se preguntará, también los entonces chiquillos de Atienza, en la actualidad hombres adultos que esto lean: ¿Y dónde están las escuelas para las que Katharine Hepburn puso aquel puñado de miles de dólares? (Continuará)

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 5 de diciembre de 2019

lunes, 18 de noviembre de 2019

MENCIA DE MENDOZA Y FONSECA

MENCIA DE MENDOZA Y FONSECA
La Hija del Renacimiento



   Nació Mencía de Mendoza el 1 de diciembre de 1508 en el entonces recién construido castillo de Jadraque, donde pasó los primeros meses de su vida hasta que sus padres abandonaron el lugar para instalarse en el castillo de la Calahorra, en tierras de Granada, y posteriormente en el valenciano de Ayora.

   Quizá fuese el periodo comprendido entre 1492 y 1509 la época en la que con ligeros intervalos de tiempo el castillo de Jadraque fue ocupado por quienes lo mandaron levantar. Quien lo ideó, Pedro González de Mendoza, apenas pasó un  par de veces o tres por Jadraque, y su hijo el conde del Cid, don Rodrigo Díaz de Vivar y de Mendoza, padre de doña Mencía, y en quien recayó la posesión a la muerte de su padre, tras su marcha y asentamiento definitivo en Ayora no regresaría por estas  tierras sino ocasionalmente. En tierras de Valencia alcanzaría la muerte en 1521 a doña María de Fonseca, madre de doña Mencía, y dos años después, en 1523 a don Rodrigo, quedando castillo y señorío de Jadraque en poder de doña Mencía quien a la sazón contaba con apenas 15 años de edad. Quizá edad temprana que, fruto de los tiempos, no fue obstáculo para casarla con Enrique de Nassau, 25 años mayor que ella, en Burgos, el 30 de julio de 1524.



   De Enrique de Nassau nos dice la historia que viajó por vez primera a Castilla, acompañando a Felipe el Hermoso, pretendiente al trono de Castilla por su matrimonio con Juana I,  entre 1501 y 1503, convirtiéndose más tarde en uno de los hombres de confianza de Carlos V, y en su chambelán. Gran estratega militar, intervino en múltiples combates en defensa de sus tierras, las de Breda y, por supuesto, se significó en las guerras que el rey Carlos mantuvo con Francia. Con anterioridad al matrimonio celebrado con Mencía de Mendoza, Enrique de Nassau estuvo casado con Luisa Francisca de Saboya y con Claudia de Chalon-Orange, madre a su vez de Renato, el primer príncipe de la Casa de Orange surgido de los Nassau.

   El matrimonio, acompañando al emperador Carlos, viajó por la Europa imperial hasta establecerse definitivamente en Breda, la ciudad en la que doña Mencía comenzó a interesarse por la cultura que comenzaba a extenderse por una parte de Europa, y también por la pintura, y los pintores. En Breda conoció a Luis Vives, con quien estudió latín y Cultura Clásica; iniciándose en una importante labor de mecenazgo de pintores, escultores y escritores que no abandonaría hasta el final de su vida. También en Breda se inició en una moda entonces en auge, el coleccionismo de obras de arte, de joyas y, por supuesto, libros, llegando a reunir en sus castillos una cumplida biblioteca.

   Desde Breda, doña Mencía viajó con alguna frecuencia a Jadraque llevando, como igualmente era costumbre de los tiempos, parte de sus propiedades, muebles, enseres y ajuar. Gracias en parte a ello conocemos el inventario de los bienes y objetos que en aquellos tiempos pasaron por el castillo de Jadraque, lo que nos da buena prueba de que, más que una fortaleza, era un palacio; entre los ajuares que la acompañaban no faltaban los cuadros, o los lienzos ricos, o tapices, además de libros e instrumentos musicales. Puesto que doña Mencía era igualmente aficionada a la música del clavicordio, siendo poseedora de al menos dos de estas piezas.

   En el año 1533 doña Mencía regresó a España y aquí permaneció hasta 1535 fecha en la que de nuevo marchó a los Países Bajos. Una vez más el castillo se convirtió en la residencia habitual y sus habitaciones volvieron a engalanarse con los numerosos objetos que fueron traídos desde aquel país, sobre todo tapices y pinturas, que habían sido adquiridos en el mercado flamenco. Los tapices comprendían tres series, la de la pesca, la de Perseo y la de la fruta, que en conjunto pasaban de las dos docenas. A ellas se sumó la Historia de Isaac, adquirida en España. Llegando a poseer hasta doce libros de horas, todos en pergamino e iluminados, con cubiertas de oro y plata.

   Doña Mencía enviudó del conde de Nassau en 1538 –el 14 de septiembre-, regresando definitivamente a España, sin embargo, y como nos cuenta la historia, no fijo entonces su residencia en Jadraque, sino que lo hizo en Valencia, primero en su castillo de Ayora, donde se hicieron las capitulaciones matrimoniales en 1540 para su futura unión, por indicación de Carlos V, con don Fernando de Aragón duque de Calabria y entonces Virrey de Valencia,  y donde posteriormente tuvo lugar la boda con don Fernando, el 13 de enero de 1541, estableciéndose después en el Palacio Real de Valencia, residencia de los virreyes.

   En alguna ocasión viajó el matrimonio, al parecer no muy bien avenido, a Jadraque. A don Fernando de Calabria, sin duda, la cercanía de Jadraque con el castillo de Atienza debía de traerle los sinsabores de los años que estuvo prisionero en la Torre de los Infantes de la fortaleza de Atienza cuando su tío, el rey don Fernando el Católico se adueñó de su reino de Nápoles y lo envió allí con sus criados y servidores antes de mandarlo a Valencia, después de mandar ahorcar, en Atienza, cuenta la historia, en su presencia, a cuantos lo acompañaron desde Italia.

   Casualidades del destino, a don Fernando de Calabria lo casarían con Germana de Foix, quien a la sazón era viuda de su tío y carcelero, don Fernando de Aragón o, más comúnmente conocido como Fernando el Católico.

   A pesar de que por aquellos años la vida de doña Mencía se dedicó, más que a sus tierras de Guadalajara, a las valencianas, donde reanudando su labor de mecenazgo emprendida en Breda se rodeó de pintores, escultores y humanistas valencianos, a los que protegió, llegando incluso a idear la creación de una institución educativa que la muerte la privó de llevar a cabo.


   Fue elogiada en sus tiempos por escritores y pintores, dado su apoyo a la cultura, y a la ayuda económica que les brindó cuando, residiendo en Breda, se dedicó a aquella labor. Al tiempo que se señala que fue, en aquellos remotos siglos en los que una nueva cultura comenzaba a emerger, luchadora, a su manera, por la dignidad de la mujer y su transformación, ideas humanistas que se enfrentaron al feudalismo entonces reinante en su tierra natal.

   Doña Mencía falleció sin descendencia de ninguno de sus dos maridos, en Valencia, el 4 de enero de 1554 pasando castillo y señoríos de los que era titular a su hermana María, casada con su primo, D. Diego Hurtado de Mendoza, conde de Saldaña y, como tal, heredero del ducado del Infantado. Incorporándose sus títulos, tierras y castillos, a la muerte de doña María de Mendoza, a la casa ducal del Infantado. A la que fue a parar parte de las colecciones de libros, lienzos y pinturas que a lo largo de su vida logró reunir.

Mencía de Mendoza y Fonseca, mecenas de las Artes, nació en el castillo de Jadraque (Guadalajara), el 30 de noviembre de 1508; falleció en Valencia el 4 de enero de 1554.

 Tomás Gismera Velasco
En “Gentes de Guadalajara”.

viernes, 8 de noviembre de 2019

JUAN-CATALINA GARCÍA LÓPEZ. Memoria del primer cronista provincial

JUAN-CATALINA GARCÍA LÓPEZ.
Memoria del primer cronista provincial

  
   En la media noche del 24 de noviembre de 1845, festividad de San Juan de la Cruz; iniciándose el día 25, de Santa Catalina, vio la luz del mundo, en Salmerón, quien sería el primer Cronista oficial de la provincia, y de la ciudad de Guadalajara, Juan-Catalina García López.

   Nombre y apellidos que llevan a la confusión. Que, a su fallecimiento, aclaró quien escribiese su nota necrológica para la Real Academia de la Historia, su amigo y compañero don Manuel Pérez Villamil: Había nacido en Salmerón, provincia de Guadalajara, en el año 1845, y como se disputasen su nacimiento el acabar del día 24 de noviembre y el empezar del siguiente, sus padres quisieron dedicarlo a los santos titulares de ambos días, que lo eran San Juan de la Cruz y Santa Catalina, por lo cual tomó los nombres de Juan-Catalina, creándose nuevo apellido que relegó a segundo término el García de su padre.



   Su padre, Luis García Dorado, natural de Berninches, era en ese momento el maestro de la escuela de niños de Salmerón, de donde pasó poco después a ejercer la de Brihuega; su madre Petra López Recio, nació en Alocén. Junto a su padre, en Salmerón y Brihuega, estudió las primeras letras antes de pasar al Instituto de Guadalajara en 1858, y al San Isidro de Madrid en 1861, donde se hizo Bachiller antes de entrar en la Universidad donde continuó estudios, de Derecho, Filosofía y Letras, en los que  alcanzó el doctorado, iniciando a partir de la década de 1860 un ascenso meteórico en el mundo de la historia.

   Para estos años la familia al completo se hallaba en Madrid, a donde se trasladó desde Brihuega su padre en 1861, obteniendo plaza en las escuelas municipales de La Latina, y en cuyo distrito formó parte de la Asociación de padres de familia para redención de la suerte de los soldados, e igualmente formó parte de numerosas asociaciones de maestros, dejando para la docencia algún que otro libro, de enseñanza, entre ellos Aritmética para niños, en el que compartió autoría con el también maestro Patricio Nájera Cosín. Mientras, Juan-Catalina comenzaba su vida literaria en la revista “Fomento Literario”, en 1864. Había comenzado por entonces a dar rienda suelta a su espíritu de divulgación histórico literaria, con la investigación y posterior edición de algunos títulos significativos para el futuro histórico de Guadalajara y Madrid. Trabajos que serían presentados en 1876 en la Gran Exposición Provincial de Guadalajara que tendría lugar en el Palacio del Infantado en el otoño de ese año, que lo harían merecedor de una medalla de plata y otra de bronce, por las obras presentadas: Estudios biográficos-bibliográficos de la provincia de Guadalajara, y Catálogo de la Biblioteca de la Sociedad Económica Matritense.

   Fue ese año 1876, a raíz de la exposición, el que le abrió la puerta de la Historia en Guadalajara, ya que la Diputación provincial, en su sesión del 7 de noviembre lo nombró Cronista oficial de la provincia. Días después el Ayuntamiento de la ciudad le confirió igual cargo en cuanto a la capital se refiere. En compensación a aquellos nombramientos ofreció a la ciudad un nuevo estudio histórico-literario, el Rasgo Histórico de Nuestra Señora de la Antigua de Guadalajara- A la provincia, el inicio de sus Relaciones Topográficas, que verían la luz a partir de 1903.

   En el transcurso de este tiempo había sido nombrado, académico correspondiente de la Real de la Historia, que pasaría a ser numerario el 18 de abril de 1890, leyendo su discurso el 27 de mayo de 1894. Un discurso contestado por quien era a la sazón uno de sus padrinos en la Academia, D. Juan de Dios de la Rada y Delgado, entonces director del Museo Arqueológico Nacional a quien, casualidades del destino, sustituiría años después. En la Real Academia se convirtió don Juan Catalina García en promotor, o padrino, de algunos otros ilustres historiadores, entre ellos el seguntino Manuel Pérez Villamil, a quien contestó en su discurso de ingreso, del mismo modo que lo hizo cuando oficialmente entró en la academia el ilustre Marqués de Cerralbo, a quien conoció en el Instituto de San Isidro y cuya amistad mantuvieron a lo largo del tiempo.

   Olvidada la carrera de Derecho se dedicó a las letras, colaborando en un buen número de periódicos, entre los que destacaron La Unión, así como  El Fénix, siendo director de La España, periódico desde el que no perdió ocasión de hablar de Guadalajara, y de Brihuega.

   Con el tiempo colaboraría en la mayoría de la prensa provincial, desde La Crónica, a Flores y Abejas o las revistas y periódicos locales Atienza Ilustrada y El Briocense; del mismo modo que lo hizo en la Revista de la Asociación Española de Excursiones; en la de Archivos, Bibliotecas y Museos; en la de la Real Academia de la Historia, o en la erudita Revista Contemporánea, a través de la que dio a conocer el Fuero de Brihuega, en 1887, que al año siguiente se trasladó a libro. Tampoco faltaron sus líneas en La Ilustración Católica, que terminó dirigiendo Pérez Villamil.

   El 15 de abril de 1885 alcanzó a ser nombrado, por oposición, Catedrático de Arqueología en la Escuela Diplomática de Madrid y poco después, en el mes de julio, fue comisionado por el Gobierno del Reino para viajar por Europa a fin de conocer los museos arqueológicos de Italia, Suecia, Francia e Inglaterra, a fin de reorganizar el madrileño.

   Fue 1886 año de glorias literarias para la provincia, puesto que se dedicó a la preparación de otra obra de referencia, La Historia de la Muy Noble y Muy  Leal ciudad de Guadalajara, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. Dos tomos que en conjunto superan las mil páginas.




   En 1888 fue nombrado Catedrático de la Universidad Central; en 1889 dio a la luz su Ensayo de una Bibliografía Complutense; en 1891 tomó parte del gran proyecto de la Academia de la Historia, que trataría de escribir la de España, siendo encargado de llevar a cabo los tomos correspondientes a los reinados de Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique III, que vieron la luz entre 1892 y 1893. Años en los que formó parte, junto a Fidel Fita, de la Comisión Real para la Exposición Histórica Europea, celebrada en Madrid, con motivo del cuarto centenario del Descubrimiento.

   A estos trabajos, ediciones y nombramientos seguirían otros, como el ya dicho de Director del Museo Arqueológico Nacional, en 1900; el de Catedrático de Numismática y Epigrafía; el de Vicepresidente de la Comisión de Excavaciones de Numancia, en 1905; o el de Secretario Perpetuo de la Real Academia de la Historia, en 1909. En medio, Senador Real por designación de las academias de la Historia y de las Sociedades Económica y Matritense, y del País, entre 1904 y su fallecimiento.

   No todo le fue bien en la vida. En el camino del éxito la muerte se llevó a cuatro de sus siete hijos y a alguno de sus nietos, en cuyas enfermedades gastó el poco patrimonio que logró a lo largo de su carrera; del mismo modo que comenzó a perder la vista cuando más centrado estaba en la edición de obras de calado provincial. También había tenido que vender la casa de sus sueños, levantada en la población de Espinosa de Henares, a la que solía acudir junto a la familia todos los veranos desde la década de 1890, para realizar desde ella las excursiones soñadas al través de la provincia.

   Tras toda una vida dedicada al estudio, y ser designado Secretario Perpetuo de la Real Academia de la Historia, cambió su domicilio a la institución, en la calle del León 25, donde le correspondía vivir. Hasta entonces lo había hecho, después de dejar la calle del Desengaño, en el número 6 de la calle de la Ballesta.

   De su domicilio en la Real Academia salió el viernes 13 de enero de 1911 para presidir un tribunal de oposiciones. Había nevado mucho en Madrid y hacía, como entonces se diría, un frío de pasmo, pero nuestro hombre cumplió con su deber, a pesar de que regresó a casa encogido de frío y con un malestar que fue  diagnosticado por los médicos como de bronquitis aguda, que fue debilitándolo y haciéndole empeorar hasta el punto de que el domingo día 15 hizo llamar a su gran amigo el también historiador y académico Ignacio Calvo y Sánchez, el cura natural de Horche que dio a la luz, entre otros trabajos el Dómini Quijoti; Don Ignacio lo confesó y le dio la extremaunción. Al amanecer del miércoles día 18, a eso de las 4,30 de la madrugada, expiró.

   En los estantes de la historia reposaban sus obras, numerosas, imposibles de enumerar, desde aquel de “La Edad del Hielo y el hombre terciario”, a su “Elogio del Padre Sigüenza”; desde “El Libro de la Provincia de Guadalajara”, a su “Diario de un patriota complutense”, pasando por los ya conocidos del Madroñal de Auñón; las Relaciones Topográficas, los Vuelos Arqueológicos, y las decenas de artículos, de historia, arte y cultura, esparcidos por la prensa y revistas especializadas que nos recuerdan la gran obra, que no ha de olvidarse, de quien fue nuestro primer cronista.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 8 de noviembre de 2019

lunes, 14 de octubre de 2019

JUSTO JUBERÍAS PÉREZ. El cura de las piedras de Palazuelos

JUSTO JUBERÍAS PÉREZ
El cura de las piedras de Palazuelos

Tomás Gismera Velasco


   Si bien, mejor que el cura de las piedras, como fue conocido, debieron haberle denominado, con mayor propiedad, el cura de los fósiles, o de la arqueología. El hombre que, dentro de la provincia de Guadalajara, puso quizá el primer baldón para el estudio del tiempo siendo, por demás, el mejor colaborador de los arqueólogos más conocidos de los inicios del siglo XX español, cuando la arqueología comenzaba a dar sus primeros pasos, y los primeros arqueólogos, llámense Enrique de Aguilera -Marqués de Cerralbo- o Juan Cabré, se iniciaban en el mundo del descubrimiento de nuestras señaladas necrópolis. Aquellas que dieron fama a poblaciones como Higes, Palazuelos, Cerropozo –Atienza-, Alcolea de las Peñas y tantas más. Cerralbo y Cabré se llevaron la fama, pero detrás de muchos de aquellos importantes descubrimientos se encontraba la figura estirada, amable y despierta de don Justo, un cura de pueblo, natural de Palazuelos, que pasó por la historia arqueológica, prácticamente de puntillas.



   En Palazuelos nació, a las puertas de la Navidad de 1878, el 19 de diciembre, y en Palazuelos dio sus primeros pasos y se comenzó a formar hasta que pasó a Sigüenza para seguir la vida del sacerdote, estudiando en el seminario de San Bartolomé. En Sigüenza se ordenó sacerdote en 1904, pasando dos años después, en 1906, a la iglesia de Santa María de Huerta, de la que fue nombrado ecónomo, y en donde la casualidad le hizo conocer a don Enrique de Aguilera, el Marqués de Cerralbo quien, en Santa María de Huerta tenía su finca de recreo, “El Castillo”.

   Don Justo llegó a Santa María de Huerta a mediados de noviembre de aquel año, el día 14. Un destino que marcaría su vida, y una población que ya conocía, al menos de referencia, puesto que uno de sus hermanos, Segundo, ejercía allí como administrador de Cerralbo.

   No es  difícil imaginar que don Enrique de Aguilera, cosa de los tiempos, reuniese en su  finca, en más de una ocasión, a los poderes, civiles y eclesiásticos, del lugar; y que en más de una ocasión nuestro don Justo Juberías escuchase los razonamientos arqueológicos de nuestro entonces aficionado marqués, y que de escuchar las charlas, surgiese primero la curiosidad y posteriormente la afición por los descubrimientos. Unos descubrimientos que comenzaron a tomar carta de naturaleza a mediados del siglo XIX, cuando se elaboró la primera carta arqueológica provincial y comenzó a indagarse en un mundo hasta entonces desconocido, el de la prehistoria, con las famosas “antigüedades de Hijes”, descubiertas en los primeros años de la década de 1840; excavadas por el entonces Delegado provincial del Gobierno de la provincia, don Francisco de Nicolau, y terminadas de descubrir por Cerralbo y compañía; la compañía, por supuesto, era don Justo Juberías, ya párroco de Torrevicente, antes de serlo de Membrillera, población a la que llegaría en 1927 y en donde estuvo hasta durante casi veinticinco años, hasta 1951 en que pasó a Sigüenza hasta que la enfermedad, y la edad, de su amigo y en algunos aspectos colaborador, Julio de la Llana, párroco de Atienza, hizo que el obispo diocesano lo enviase a la castillera villa, en 1956, y en donde permaneció hasta poco después de la muerte del arcipreste de la Llana. Regresando a Sigüenza en 1958.

   En Membrillera, con muchos de los objetos que logró reunir en aquellas interminables jornadas de investigación arqueológica, montó su primera colección de piedras antiguas, y de fósiles, provenientes la mayoría de ellos de las serranías de Guadalajara en sus límites con las provincias de Soria y Segovia, por donde don Justo caminó a sus anchas.







   Sus trabajos de campo, de inspección para Cerralbo primero y Cabré después, se documentan a partir de los primeros años del segundo decenio del  siglo XX. Entre 1913 y 1914 anduvo en las excavaciones de Higes, y poco después en las de Valdenovillos, en Alcolea de las Peñas, pasando por las de Palazuelos, Tordelrábano, Hortezuela, Maranchón, Anguita, Luzaga, y una docena más en nuestra provincia, siendo quizá la de Cerropozo de Atienza, descubierta en los últimos años del decenio de 1920, la que mayores satisfacciones produjo, tanto a nuestro buen cura don Justo, como a su entonces director de trabajos, Juan Cabré, quien como discípulo del marqués, a su muerte continuó la labor emprendida por aquel. También los pueblos limítrofes de Soria vieron su paso, y de numerosos de ellos, desde Carrascosa de Arriba a Retortillo, se trajo a Sigüenza el conocimiento de pasadas culturas.

   La enorme obra llevada a cabo, y a veces poco reconocida, por Justo Juberías, se materializó en su gran colección de arte rupestre, y de fósiles, con la que ideó la formación de lo que había de ser Museo de Arqueología. Pues a pesar de que la gran mayoría de las piezas descubiertas en las necrópolis excavadas pasaron a pertenecer al Museo Arqueológico Nacional, muchas de las piezas menores quedaron en su poder, con ese fin, y otras le fueron donaros al efecto. Un fin que se truncó cuando, en los desastrosos días que acompañaron los años de la Guerra Civil (1936-39), su colección fue expoliada y el resulto de treinta años de investigación, quedó perdido para siempre.

   Sus trabajos en pro de la arqueología le dieron el nombramiento, en 1941, de Comisario Local de Excavaciones de la comarca de Sigüenza, llevando a cabo a partir de entonces algunos trabajos de menor entidad, al tiempo que trató de recomponer su colección perdida, que en parte logró, y con la que fundaría el Museo Diocesano de Arqueología de Sigüenza, al que donó las piezas, y del que fue su primer director.




  Fue un apreciable conferenciante. Se relacionó con los científicos y arqueólogos más eminentes de su época, y dejó para la provincia el recuerdo de su trabajo y el estudio de sus investigaciones a través de incontables estudios sobre la época prehistórica. Estudios, la  mayoría de ellos, perdidos en el tiempo, o reseñados a través de las obras de los hombres para los que mayoritariamente trabajo, Enrique de Aguilera y Juan Cabré.

   Su huella de arqueólogo, de gran conocedor de la prehistoria de nuestra tierra se puede seguir por la Cueva de Santa María del Espino; de Torralba; de Numancia; de Aguilar de Anguita; de Ures; de Medranda, de Riba de Saelices, de su Palazuelos natal… Inconfundible, con su bonete, su sotana y su sonrisa.

   Justo Juberías Pérez, sacerdote y arqueólogo, nació en Palazuelos (Guadalajara), el 19 de diciembre de 1878; falleció en Sigüenza (Guadalajara), el 15 de febrero de 1966.

En: Henaresaldia.com 

viernes, 20 de septiembre de 2019

LAS TROYANAS DE ATIENZA.

LAS TROYANAS DE ATIENZA.
Va para 50 años que en Atienza se reunieron grandes estrellas de Hollywood, en el rodaje de la película de mayor presupuesto entonces rodada en Europa.
Un libro rememora ahora los entresijos del rodaje

Tomás Gismera Velasco

   El 31 de agosto de 1970 dio comienzo en Atienza, de manera oficial, el rodaje de una de las grandes películas del cine mundial. La cinta es una trama teatral y habla de una guerra, la de Troya.

   Por aquellos días de 1970, ahora comienza a celebrarse el cincuenta cumpleaños, en Atienza se rodaba la película “Las Troyanas”, basada en la tragedia de Eurípides, según la versión de Jean Paul Sartre y dirigida por un griego, Michael Cacoyannis a quien el éxito acompañaba desde que rodó su “Zorba el Griego” unos años atrás. Claro está que “Zorba el Griego” se rodó en Grecia, donde debía de haberse rodado la película “Las Troyanas”. 

 


   El golpe de estado allí conocido como “de los coroneles”, privó a Cacoyannis de regresar a su país, en el  que tenía orden de prisión, al no comulgar con las ideas políticas de aquellos; y concedió a este pueblo de la geografía provincial, Atienza, el honor de convertirse en una Troya imaginaria. Una Troya que los encargados de buscar exteriores naturales no encontraron ni en África ni en Europa, continentes en los que fijaron su mirada; hasta que llegaron a Atienza. Curiosamente, aunque es mucho lo que conocemos en torno al rodaje, desconocemos de quién surgió la idea de rodar aquí.

   Por supuesto, rodar hace cincuenta años una película de las características de Las Troyanas, nada tiene que ver con los rodajes actuales, en los que los medios digitales ahorran tiempo y dinero. Entonces todo era a base de ciencia, manos y mucho personal. La producción de la película dejó cifras fabulosas para su tiempo, desde los 2.000 millones de pesetas –una auténtica barbaridad para aquellos años-, en que se cifró el presupuesto de rodaje; a los cerca de doscientos técnicos de producción: más de un centenar de intérpretes, entre principales y secundarios, y cerca de dos centenares de “extras”, o personal de figuración, como hoy se diría.







   Reuniendo, por si lo anterior fuera poco, a cuatro  de las mujeres que entonces gozaban de mayor caché cinematográfico, con Katharine Hepburn a la cabeza; junto a ella, Vanessa Redgrave, Irene Papas o Geneviève Bujold. La Hepburn acababa de conseguir su tercer “Oscar”; la Bujold a punto estuvo de lograrlo el año anterior por su interpretación de Ana Bolena; Irene Papas era una estrella mundial desde lo de “Zorba el Griego”, y Vanessa Redgrave la inglesa más internacional. Junto a ellas, actores de la talla de Brian Blessed, triunfando entonces en las series de la BBC como el mosquetero Porthos; o Patrick Magee, de quien se decía que la mayoría de los papeles masculinos escritos por Shakespeare, parecían estar pensados para ser interpretados por él.

   Incluso la música, compuesta por Mikis Theodorakis llevaba el sello de la fama, tanto por venir Theodorakis de recibir los éxitos de la composición de “Zorba”, como por ser un perseguido político griego, como tantos otros.

   Algo llamaría la atención tiempo después, y fue el hecho de que se autorizase el rodaje de la película en España. Una película que, de alguna manera, por su anti belicismo y crítica social, no había de dejar en buen lugar a cualquier régimen militar. De ahí que después de rodada no se pudiera ver en España hasta muchos años después.

   El Ayuntamiento de Atienza se convirtió, de alguna manera, en colaborador necesario de la sociedad fundada para llevar a cabo el rodaje, una sociedad con capital americano, francés, italiano e inglés, la Shaftel Insurance, representada en España por quien más tarde sería una de las principales figuras de la cinematografía española, Francisco Lara Polop, quien se encargó de las principales gestiones, ante todo con el Ayuntamiento de Atienza y con el entonces Ministerio de Información y Turismo, ya que a través de él y de la Comisaría del Patrimonio Artístico Nacional de la Dirección General de Bellas Artes tuvieron que gestionarse las licencias necesarias para rodar en el entorno del castillo y murallas atencinas. Pues si bien el principal monumento de la villa no iba a ser alterado en lo más mínimo, sí que fue preciso llevar a cabo movimientos de tierra, construcción de alguna especie de templo griego e incluso convertir las cuestudas tierras de Santa María del Val en campamento aqueo. Las autorizaciones se dieron, con la obligación por parte de los responsables de la cinta de que, una vez concluido el rodaje, todo volvería a su estado original; siendo obligados, para asegurar que cumplirían su palabra, a hacer un fuerte depósito monetario ante aquella Comisaría.




   Echar hoy una mirada a toda aquella documentación que se movió en torno a la “Película del Castillo”, como la definió el Ayuntamiento de Atienza es echar una especie de mirada a aquella otra cinta en la que Luis García Berlanga nos pintó la España que esperaba el milagro americano de Bienvenido Míster Marshall; en Atienza, al revés.

   Desde el mes de mayo de 1970 en Atienza se echaron bandos para que los atencinos ofreciesen a los americanos lo que los americanos precisasen: desde los rodillos de la era, para simular columnas griegas; a habitaciones con cama, y orinal bajo la mesilla de noche, en las que alojarse.

   El elenco de la película desembarcó en Madrid en el mes de julio, tomando casi para ellos solos uno de los mejores y más lujosos hoteles de la capital, el Eurobuilding, inaugurado por aquellos días. En la habitación 614, la de Michael Cacoyannis, se centraban las operaciones. Y en Atienza, para aquellas más de doscientas personas se brindaron, ante el Ayuntamiento, para darles alojamiento en 33 habitaciones con 48 camas, 33 vecinos. Por supuesto, la mayoría de las habitaciones compartidas y sin aseo; hacía muy pocos meses que Atienza contaba con agua corriente en las casas.

   La mayoría de los integrantes de la producción se alojaron en Sigüenza, donde coparon todos los hostales; algunos más iban y venían a diario de Madrid a Atienza; para el director de la cinta y los principales intérpretes se habilitaron las casas seguntinas del conde de Romanones y del marques de Santo Floro, y para la gran estrella, Katharine Hepburn se alquiló en Atienza, a precio fabuloso, la casa de más reciente construcción.

   Claro está, también se solicitaron mujeres, principalmente mujeres, para trabajar en la obra. Fue lo que  más trabajo costó. Las atencinas de aquellos tiempos, o los atencinos de aquellos tiempos, no veían con los mismos ojos que hoy lo hacemos aquello del cine. Aun así, se apuntaron provisionalmente, para trabajar en la  película, 117 mujeres, de las que finalmente tuvieron papel alrededor de 50; y alrededor de 30 hombres pretendieron hacerlo, incluso el tio León, a sus 87 años de edad; además de un gran número de chiquillos.

   A aquellas 50 mujeres de Atienza, por insuficientes, tuvieron que añadirse otras tantas más de los pueblos de alrededor, y de Sigüenza. La productora tuvo que recurrir a la contratación de la mayoría de los autocares de la empresa alcarreña de Ricardo García Tejedor para recoger a aquellas actrices de figuración a las que en la cinta tan sólo se las veían los ojos.

   Hasta el mes de noviembre duró aquella especie de mundo cinematográfico en el que Atienza se convirtió. Un mundo que empezó con calores, terminó con nieves y cambió el entorno. Del cerro desaparecieron los antiguos postes de la luz, y los grajos, que fueron expulsados de sus nidales a pedradas. Su graznido obstaculizaba el rodaje, que se llevaba a cabo con sonido directo.

   Tras el The End, puesto el mes de noviembre, para Atienza quedó el recuerdo y posteriormente el olvido. Ahora, a punto de cumplirse los cincuenta años del rodaje un libro: “Las Troyanas de Atienza. Cuando Atienza se convirtió en Troya”, rescata toda aquella aventura, la del rodaje de una película que se pudo ver, casi a escondidas, por vez primera, en Torremolinos, en el mes de octubre de 1971; y que se ha convertido en película de culto, una especie de obra maestra del cine mundial.

   También se descubre alguna actuación, un tanto discutible, del atencino alcalde de la época. Por vez primera conocemos que, impresionada Katharine Hepburn de la pobreza de la Atienza de aquel tiempo, y encariñada con los chiquillos de la villa, se ofreció para construirles, ¡nada menos!, que una nueva escuela, ofreciendo para ello un puñado de miles de dólares. Las niñas ya la tenían.  

   Pero esa historia da para otra película, la del enamoramiento de Katharine Hepburn de una pequeña localidad de Guadalajara, de nombre Atienza, en la que se quiso quedar a vivir. (Continuará).

Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 20 de septiembre de 2019


ASUNCIÓN VELA LÓPEZ. Maestra de Maestras

ASUNCIÓN VELA LÓPEZ.
Maestra de Maestras

Tomás Gismera Velasco

  Si tomamos la breve biografía que sobre doña Asunción Vela López se publica en la Fundación Fernando de Castro, podemos leer: Nacida en Hiendelaencina (Guadalajara), en 1862,  estudió en la Escuela de Institutrices de la Asociación, donde obtuvo su título en 1877. Desde 1883 fue profesora de varias asignaturas. A partir de 1889 desempeñó sin interrupción el cargo de Secretaria de las Escuelas, hasta su fallecimiento en Madrid, en 1938.



Asunción Vela López. Maestra de Maestras


   Mucha más extensa es la biografía que sobre ella escribe el profesor Juan Pablo Calero Delso[1]:

   “Asunción Vela López nació en la localidad alcarreña de Hiendelaencina en el año 1862, en pleno apogeo de la explotación minera, y falleció en Madrid en 1938. No sabemos mucho de su familia, aunque hemos encontrado noticias de una pensión militar de la que era beneficiaria.

   Siendo casi una niña se trasladó a Madrid, y desde tan temprana edad mostró un notable interés por la cultura. Según declaraba ella misma, asistió a las clases para mujeres que, por iniciativa de Fernando de Castro, se impartieron en el Ateneo de Madrid a partir de 1869. Desde entonces, tuvo como maestros al citado Fernando de Castro y, muy particularmente, a Gumersindo de Azcárate, desarrollando una labor pedagógica tan pionera como meritoria dentro del marco ideológico del krausismo…”

   Y, todavía, con fecha 21 de mayo de 1931, leemos sobre nuestra paisana en el periódico Las Provincias, con motivo de un homenaje que se le tributa junto a la también profesora Clementina Albéniz, motivado por la concesión gubernamental de la Medalla de plata al Mérito en el Trabajo[2]:

   Mi admiración y mi cariño por tan ilustres profesoras doña Clementina Albéniz y doña Asunción Vela, comenzaron en 1895, en Madrid, en la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, en cuya escuela primaria aprendí las primeras letras siendo discípula de ambas, sobre todo, de doña Clementina que fue esencialmente mi maestra, mi educadora. Más tarde en este mismo centro, cursé los estudios de profesora de Comercio y luego, cuando ya fui Maestra Superior, tuve también el honor de quedarme adscrita al profesorado de la casa….

   A este Centro de Cultura Femenina de enaltecimiento y dignificación de la mujer ha consagrado su vida doña Asunción Vela López, que entró en él de niña para cursar la instrucción primaria, la carrera de Institutriz, y allí se preparó para obtener el 10 de octubre, como alumna libre, el título de Maestra de Primera Enseñanza Superior; De 1879 al 80 obtuvo el de Profesora de Comercio, y en 1883 siguió los estudios especiales de Correos y Telégrafos con singular aprovechamiento.




   Más tarde se especializó en la Pedagogía Froebeliana y en todo lo concerniente a la enseñanza de párvulos, hasta que en primero de julio de 1887 fue nombrada, por concurso, Secretaria contadora de la Asociación, cargo creado en esa fecha y que años después se dividió en dos, quedando Asunción Vela en el de Secretaria, que en la actualidad sigue desempeñando, y en el que cumplirá los cincuenta años de servicios en primero de julio del año actual.

   Este cargo de Secretaria doña Asunción Vela lo ha simultaneado con una intensa labor profesional dentro de la Asociación, en donde ha sido profesora de Aritmética, Geografía e Historia de España en la Primaria Superior; más tarde Directora de estas Escuelas y profesora de Historia Universal en la de Institutrices, a propuesta de don Gumersindo Acárate.

   En 1888 fue nombrada profesora de las asignaturas de Historia Sagrada, Religión, Higiene e Historia de España en la Escuela Preparatoria, distinguiéndose, a la vez por su magnífica actuación en el Congreso Pedagógico Hispano Portugués y por sus actividades e iniciativas en pro del mejoramiento de la Enseñanza privada cuando en noviembre de 1907 fue nombrada vocal de la Comisión técnica auxiliar de las escuelas primarias, creada por R.D. de aquella fecha.






   Esta es, a grandes rasgos, la existencia austera de abnegación y de sacrificio, de desinterés y de labor continua que, por la noble causa de la cultura femenina se ha impuesto como un ideal la profesora doña Asunción Vela López, quien durante medio siglo ha hecho del estudio y de la enseñanza las ocupaciones supremas y predilectas de toda su vida. Iniciada en diversas y múltiples materias, conocedora profunda de las Matemáticas, de la Historia y de la Religión, y dotada de grandes aptitudes pedagógicas para la transmisión de estos conocimientos, sólo el respeto, la admiración y la gratitud de sus alumnas han sido el premio de esta vida tan noble y tan pura y a cuyo premio, romántico y espiritual, desde el 22 de enero de 1931, puede unirse otro verdaderamente simbólico: el de la Medalla de plata del Trabajo de primera clase, que en esa fecha le fue concedida por el Excelentísimo Señor Ministro Don Pedro Sangro y Ros de Olano.

   La Medalla le es concedida a petición del Claustro de Profesores y alumnos de la Asociación para la Enseñanza de la mujer.

Asunción Vela López, Maestra y Pedagoga de referencia en España, nació en Hiendelaencina (Guadalajara),  en 1862; falleció en Madrid, en 1938.

En: Gentes de Guadalajara
Henaresaldía.com



[1] Juan Pablo Calero Delso: “Asunción Vela López”, De Hiendelaencina a la Escuela de Enseñanza de Madrid; en Atienza de los Juglares, Revista histórico Literaria Digital, número 61; Junio, 2014.
[2] En honor de dos ilustres profesoras, por Natividad Domínguez de Roger, en Diario Las Provincias, de Valencia, de 21 de mayo de 1931.